
Entre las cosas tontas que recuerdo, Dafne, están nuestras tardes radicales. Radicales para nosotras, que gustábamos pasarlas ese verano hablando tonterías, tendidas sobre los panteones del cementerio de Santana.
Inspiraba mucho eL pueblito para esas cosas. Nuestra consigna de ser diferentes nos había condenado a franquear tantos crepúsculos en ese cementerio. Si las siestas de un pueblito de campo son de por sí tranquilas, en éste hasta podíamos sentir el tiempo sin
tiempo y el lugar sin lugar como refugio absoluto. Siempre acompañadas de tereré (que llevábamos a escondidas, pues, se veía mal con nuestro look de chicas góticas), pero qué se le iba a hacer, si había algo radical e infernal en Santana, era la temperatura de cuarenta grados o más. Al final, eso nos saboteaba el plan de vernos cadavéricas y pálidas que tanto anhelábamos (cada día nos tornábamos más bronceadas), aunque de alguna manera, lográbamos adecuar ese ambiente a nuestras necesidades.
Recuerdo el fin de semana que tuvimos que ir a Asunción para la Gothic Nigth Cuánto polvo blanco, base clara y maquillaje contrastante, parecíamos Marcel Marseu, lo único que nos salvaba era mostrar nuestras fotos en el cementerio de Santana. Ese camposanto era nuestro pase vip al círculo de carapálidas de la dark fashion.
Qué de interesante tenía ese cementerio de pueblo salvo estar constituido por panteones del siglo XIX de estilo italiano y su aspecto de total abandono, no sé, tal vez los episodios que se dieron esa vez que... Las tumbas contaban historias de familias enteras, de ahí nos vino la idea de bautizarnos con apellidos italianos, de decir que los sarcófagos de nuestros antepasados latinos nos convertían automáticamente en las más auténticas góticas.
En el pueblo todo resultaba tranquilo, simplemente nos relajábamos y el papel de carapálidas era casi un juego. Siempre vestidas de negro, con recargado maquillaje, asustando a señoras, espantando a arrieros que nos soltaban burlas e irreverentes comentarios. La gente del pueblo nos consideraba brujas, satánicas. Corría el rumor de que éramos almas pugnando nuestras ruindades. La imaginación de la gente era fértil, nosotras nos limitamos a interpretar el papel que de a poco nos iban asignando.
Las tardes de cementerio consistían en fumarnos miles de cigarrillos, mucho tereré, literatura gótica, y mucha música: doom, épico sinfónica, algo de anime y black metal. Mucho maquillaje, algo de scotch, libros de magia negra y escribir poemas a la muerte, a la sangre, al dolor, a la agonía, a la catatonia, en fin, todo lo que hace cualquier gótico como dios manda.
Teníamos un panteón predilecto, el de la familia Santini: amplio, descuidado y con un corredor que aplacaba un poco el maldito sol. Lo mejor de esa familia era su ingratitud para con sus muertos, en todo el tiempo que estuvimos por ahí, nunca vimos a nadie ir siquiera a encender una vela. En realidad, toda esa parte del cementerio, de panteones grandes de arquitectura antigua con mármoles, estatuillas, y hasta gárgolas, era muy poco visitada. Al amparo del moho, de la humedad, de la evanescencia pudimos ser las únicas que disfrutaban de ese apacible espacio por mucho tiempo.
Recuerdo que teníamos nuestras propias estatuillas y gargolitas. Las fotos con ellas nos daban un aire de importancia en la comunidad Asunción`s Gothic Girls quienes creían que de verdad habíamos estado en Italia en las tumbas de nuestros antepasados. Con algunas cosas del movimiento gótico italiano, hicimos lucir en una foto a Ña Tanasia como la una de esas gordas cantantes de ópera: “La vanguardista pavarotta del goth”, supuesta amante de uno de los últimos reales castrati. En la iglesia de Santana, las imágenes de los santos del barroco hispanoguaraní jesuita, bien efectistas, fueron de vital importancia al consolidarnos como las heroínas del goth. Conocedoras de un auténtico armonio utilizado alguna vez por un fraile atormentado por tritonos siniestros, éramos las gotireinas y nadie podía destronarnos. Todas querían vestir nuestros trapos, estrujarse en nuestros corsés, enfundarse en nuestras medias, tomarse fotos con nosotras, prestar nuestros discos, revistas, cruces invertidas, aparecíamos en las páginas sociales de "Los tristes amigos de la oscuridad" y de "Aniquilación con estilo".
Nuestras siestas en Santana, además de ser bendecidas con la humedad de esos panteones y la turbación de la gente del pueblo, nos concedieron una mascota. Recuerdo que decidiste llamarlo Silvester porque según vos, era muy parecido a Stallone. Con el tiempo indistintamente lo llamamos Rocky o Rambo. Yo prefería llamarlo Rambo, como al perro de mi ex. Rambo era monaguillo, por lo tanto nuestro proveedor de hostias, vino de misa, agua bendita y sirios para practicar algunos ritos paganos o la magia negra que tanto nos fascinaba. Él secundaba todas nuestras locuras y como nuestra manipulación consistía en alimentar su erotismo, Rambo obedecía devotamente.
Recuerdo esa vez que decidiste ponerle un collar de perro, y esposarlo a una de las rejas del panteón de los Capone: la escena consistía en una chica (yo) dando de latigazos a un Rambo esclavo sexual que intentaba alcanzar con la extensión de su lengua algunas hostias. Rambo lucía cadavérico y castigado. La foto, fue celebrada y hasta exhibida como arte en una de las Gothic Nigths. A Rambo le pusimos el infaltable trapo rojo a manera de bincha alrededor de la cabezota y yo tenía en una mano, el látigo, y entre los dientes el cuchillo de Rambo -que compramos de Botica Mágica-.
Entre los objetos triviales que rescatamos de las casas de pueblo estaba el armonio de quien en vida fuera Trifón Iglesias, el organista de la iglesia. Decidimos restaurarlo, quedó muy ajustado a la decoración de nuestra humilde morada. Toda una inversión si considerábamos la historia tras las teclas que fueron alguna vez pulsadas por un monje sodomita cuya macabra letanía era guardada con celo en uno de los registros de sonido del armonio y al hacer sonar un intervalo de quinta disminuida (diavulus in musica) presagiaba desgracias.
Pero seguiré contando sobre Rambo. Nosotras, al estreno de nuestra adultez, con dieciocho años recién cumplidos seguíamos con la telaraña de la virginidad enredada entre las piernas, a pesar del marqués de Sade, de las películas de vampiros y mujerzuelas, a pesar de nuestra potencial herejía. Creo que por eso Rambo fue pieza clave de nuestra iniciación sexual.
Les narraré la historia de Rambo.
La historia de Rambo
Rambo era un típico muchacho de pueblo pequeño. Su madre era maestra de escuela y su padre, un labriego envidiado por todos por poseer un tractor amarillo (que Rambo usaba como descapotable, como dice la música). Tenía como ocho hermanos, él era el menor, por fortuna, dispensado de la sobreprotección de sus padres. Ordinariamente, se encontraba en la iglesia o en el cementerio. Su afición religiosa había surgido del impacto que de niño le causaran las procesiones de semana santa. Las pasiones de Cristo, la imagen del Jesús crucificado, la Virgen de los Dolores, la vida de muchos santos mártires, todas esas historias de dolor, sacrificio, entrega y sufrimiento, de alguna manera, habían desarrollado en Rambo, una fascinación por los misterios de la muerte y la estética de la imaginería en general. A los doce años había asistido al velatorio y posterior sepelio una tía suya, Ña Piedad, una de esas amargas solteronas de pueblo. Él había participado de todo: desde la agonía de la anciana -que había muerto presumiblemente de cáncer de pulmón, pues fumaba mucho- hasta los pormenores del maquillaje mortuorio. Rambo guardaba devoción hacia su tía Piedad, ella le había leído La vida de los Santos, le había regalado una imagen de San Miguel Arcángel aplastando de un pisotón la cabeza del demonio, también le había enseñado a rezar el rosario al revés. Ahora, a sus dieciseis años, seguía acrecentando, gracias a ella, la idea que albergaba desde su más tierna infancia: ser sepulturero.
Rambo visitaba a diario la tumba de su tía Piedad donde dilapidaba el tiempo fumando cigarros; llevaba hasta ahí el grueso ejemplar de La vida de los Santos para leérselo a su tía muerta. Con el tiempo, recorriendo los demás panteones, vio a las chicas góticas y naturalmente, los coincidentes encuentros bajo la complicidad de los muertos, gestaron una sólida amistad como pocas ha habido en este paraje infernal llamado Santana.
Rambo era un lindo tipo. Tenía ese porte de italiano que conservaba la gente del pueblo de Santana. Sus buenos genes y su irremediable condición de chico de campo, le otorgaban una musculatura tonificada, un cuerpo muy atractivo, sumado a esto la mirada inocente, lo convertían en un ejemplar muy codiciado por cualquier hembra.
De inmediato Dafne y yo nos enamoramos de él. Si había algo latente en nosotras era una necesidad de ensayar nuestras técnicas de seducción y con el paso del tiempo, después de estar tan distanciadas de la ciudad, de la gente y en especial, de los hombres, nuestro apetito sexual, de inmediato se activó.
Rambo era monaguillo desde los doce años de edad. Si bien había empezado con esa actividad inducido por su devota tía Piedad, con el tiempo, se quedó encargado de todo lo que tuviera que ver con los misterios de la iglesia porque el Padre Sordino se había enamorado de él. Al menos, es eso lo que nosotras pudimos deducir de las cosas que Rambo nos comentaba.
El padre Sordino era un amante de la sodomía. Por lo que pudimos averiguar (y comprobar) al contrario de la consigna que predicaba, gozaba más recibiendo que dando y quien le daba el toque de gracia era el encargado de hacer sonar la campana, un sordomudo de aspecto demencial.
Rambo, según lo que contaba, solo llegaba a mostrarse desnudo, o dejaba que el cura lo observara mientras se bañaba, como quien no quiere la cosa, una típica cadena de favores cristianos. Imaginaba yo que el párroco esperaba con ansias el momento en que Rambo decidiera incrustarle su masculinidad (al igual que, debo admitirlo, esperábamos lo mismo hiciera con nostras).
Alguna vez le pagamos cincuenta mil guaraníes a Rambo para asistir a “una función” en la casa parroquial. Por el agujero del vestuario de los monaguillos, pudimos ver cómo el campanero gozaba dándole el amén al padre Sordino. El ensotanado apenas controlaba las lágrimas y aguantaba como macho hasta que el campanero acabara de zarandearlo, luego, se dirigía al comedor a merendar ka`i ladrillo o maní ku`i con dulce de leche, con proverbial apetito, mientras el campanero sacudía el badajo de la campana que anunciaba la misa de las siete.
El despertar sexual
A las chicas les resultó fácil introducir en la cultura gótica a Rambo. Con las velas, el agua bendita y las hostias inventaban banquetes jubilosos que acompañados de buen vino de misa, terminaban con carne desnuda, la de Rambo, principalmente, quien al final siempre quedaba despojado de vestimentas frente al armonio, obligado a cantar en latín algún laudatorio ceremonial.
Con fondo de la letanía de alguna Diamanda Galas, lográbamos que Rambo pusiera su rígida anatomía al servicio de nuestros caprichos. Casi siempre terminaba atado o esposado. Lo más divertido para nosotras era la disposición que tenía Rambo a ser castigado por sus pecados. Nosotras le decíamos que él iría directo al infierno por ser cómplice del padre sodomita y para cada encuentro lo sometíamos a una punición hasta que escarmentara. En cierta forma, eso lo tranquilizaba, y nosotras disfrutábamos de darle latigazos, atarlo, morderlo, pincharle con tenazas. La verdad era que Rambo nos encantaba y que hacía tiempo habíamos decidido entregarle nuestra preciada virginidad en la primera luna llena del año entrante.
La cita tuvo lugar en el panteón de los Santini. Habíamos llevado todo lo necesario: colchón, velas, música, algunas imágenes eróticas, hostias y vino de misa, el agua bendita también, todo eso que tanto lo excitaba. La idea de hacerlo ahí contemplaba una suerte de excentricidad que por deporte, decidimos guardar. En fin, lo usual, queríamos que la “primera vez” fuera especial.
Empezamos a beber con deleite champagne, fumamos finos habanos. Todo estaba listo. Dafne y yo lucíamos nuestros más sensuales ajuares gothic
lolita, Rambo vestía su traje de monaguillo. Bebimos vino de misa, acompañado de cigarros, y de delirante música celta, lo más acorde a la ocasión. El erotismo iba surgiendo natural a partir de la segunda botella de tinto, entonces decidimos agregarle un poco de emoción a la noche con el célebre juego de la botellita y por cada "verdad o consecuencia", subían de tono las caricias o caían al suelo las prendas.Como de costumbre, decidimos amarrar las muñecas y los tobillos de Rambo y lo llenamos de caricias, lamidas y besos, lo tentábamos con movimientos sensuales, bailes, toqueteos y besos entre nosotras. Al final, el enhiesto miembro de Rambo fue primero montado por Dafne que sintió frustrado su intento de quebrantar la membrana protectora. Rambo hizo que lo soltáramos, él sabía cómo aplacar nuestra virginal ansia. A pesar del fragor latente, sentimos una presencia ajena que nos inquietó. Al rato nos percatamos de que el campanero había estado observando todo a corta distancia apuntándonos con una prominente erección en medio de la inflamada noche y la tiznada lujuria. De inmediato pensamos que el padre Sordino estaría rondando el cementerio también. Nos persignamos asustados, y de pronto, el campanero sordomudo, tras algunos gestos de reproche a Rambo se abalanzó con violencia hacia nosotros con un machete en mano que alcanzó a dar un tajo al hombro izquierdo de Dafne. Ante los desesperados gritos míos y los de Dafne, el loco soltó el machete, al ver la sangre de inmediato, sus ojos se abrieron mucho y centellearon lunáticos, empezó a masturbarse con fruición, gimiendo tan fuerte que retumbó en los panteones. Impactados por todo el conjunto de inesperados hechos, resolvimos huir con premura. Dafne, con el hombro herido sollozaba de dolor. Rambo estaba pálido de susto y yo solo corría arrastrando a Dafne hasta el portón de salida.
Al siguiente día la prensa de Asunción invadía el pueblo. El cementerio, fue sitiado por mucha gente. Al loco del campanario lo habían hallado con los pantalones bajos, a media pierna. El padre Sordino fue encontrado en el panteón Santini arrodillado y orando en aparente estado de shock, con la sotana hecha jirones y sin calzoncillos. Presumo que había sufrido un gran susto al ver el machete y la sangre.
Los titulares de los periódicos rezaban “Los sujetos, quienes en apariencia practicaban algún tipo de rito satánico sodomita, fueron detenidos. Las pruebas encontradas en el sitio eran, en su mayoría, objetos de la iglesia. Pruebas de laboratorio posteriores, dieron presencia positiva de semen en el esfínter del campanero, el esperma pertenecía al padre Sordino" (...)" Por lo visto, el padre, también practicaba sus prédicas: había aprendido a gozar más dando que recibiendo.”
