Desde la telaraña de la ciudad emerge un insecto. Insignificante como muchos, un órgano reproductor más en las calles.
Debe recorrer la ciénaga. Se toma el bus para ser un microbio sociable. Ofrece inservibles insumos a los pasajeros, ser molestia de una siesta, el escozor perenne del asfalto.
Subir y bajar siendo el fastidio dentro y fuera. La voz que se ahoga en los decibeles de la rancia ciudad. Raída imagen que no podrá postergar su vagina porque la tristeza es solo una variación vaginal, sin saber que en esta jungla pronto será el débil que es devorado lentamente por la boa gigante que digiere al mundo de adentro para afuera. Un cansancio heredado es su tosca armadura.
Otro insecto sube al bus. Por ser colorido puede que se demore un poco la intención de espantarlo o aplastarlo. Ambos son rastreros insectos recorriendo superficies de añejo hedor.
El insecto colorido lame a cada instante sus heridas, no por eso deja de sangrar. El insecto feo e insignificante es de los que reconstruye algunos segmentos lijando con desazones sus lesiones.
Algunas veces los acontecimientos dibujan una historia y cuando dos insectos anotados en la nómina de vaginas de la ciudad pasean en bus, la noche puede teñirlas de circunstancias, circunstancias de hembra, pero circunstancias, al fin.
El enigma repartido en tres existencias: chofer madurando penumbras de macho; dos insectos vaginales filtrando insoportable fragilidad: esa debilidad fastidiosa que muchos ansían castigar.
El instinto del predador dentro de la boa gigante puede ser un quebranta huesos, un profana maldita realidad. La noche revela la condición real del animal.
El bus transita, hace el camino con el predador al volante. Las dos hembras - insecto en extremos diagonales besando los cristales de las ventanas. Oscuras calles aliñando la fatalidad, como a la carne y el aderezo el predador vigila a las potenciales víctimas por el espejo retrovisor,
Ambas y el temblor del pesimismo, el peligro que se adivina. El predador huele el matiz del temor sazona hembras que abate los espejos. Las calles están sin invitados al banquete, aquí hiede a carroña.
Los espejos configuran una complicidad amparada por el temor. El bicho colorido decide oprimir el timbre de parada, el bicho gris la acompaña. El bus no se detiene mas acelera.
En la caja atrapa insectos los cristales se empañan por completo. Afuera, la implacable noche condensa el silencio y la humedad que caldean al predador. Los insectos atacan al predador con aguijones de papel. El predador golpea con brutalidad primero al bicho colorido y luego al bicho gris, ambos intentan combatir con la nulidad del débil que solo aviva el apetito del predador. El bus rueda más noche y sucumbe al descarriarse precipitándose en la soledad. Mutar de mariposa a gusano no es opción Los insectos heridos se arrastran en un último aliento, saben que queda poco tiempo para ver la luz.
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