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domingo, 11 de octubre de 2009

DANA




Conocí a Dana alguna vez en una fiesta privada. A simple vista, otro par de buenos globos inflados que se alquilan para animar reuniones de ejecutivos estresados. Linda mujer, algo sexy y misteriosa. Pésima amante para mi gusto aunque en más de una ocasión terminé amaneciendo a su lado.


Una vez la vi en la barra de un pub, yo estaba con mi amigo Gerardo. La invitamos a acompañarnos a tomar unos tragos, en parte porque a Gerardo le había atraído mucho la chica. Gerardo siempre había sido sentimental y pudoroso, por lo tanto no quise contarle que a Dana yo conocía de andanzas turbias. Tampoco quería revelar que yo tenía esas costumbres, o sea, no a Gerardo, el pudoroso. Gerardo y Dana de inmediato congeniaron y él, apasionado bohemio de la música, empezó a hablar de su banda de rock, de sus canciones y a tararear algunas letras. Algo llamativo (para mí que al final me limitaba a oír el entusiasta diálogo de ambos) fue que Dana parecía saber bastante de rock, o en todo caso, de música. A mí, que solo las composiciones de Bartok, Stockhausen o Berio me atraían, nunca sabía qué opinar sobre bandas de rock o música popular, me eran indiferentes y quedaba callado mirando el vacío.


Otro día cualquiera, Gerardo me contaba que Dana cantaba en un templo. Al decir eso pensé: evangélico. Mi primera idea fue la de burlarme haciendo alusión al Centro de Adoración Familiar o algo así, pero no quise herir la sensibilidad de mi amigo. Gerardo, que era una especie de renegado de la religión, tenía el firme propósito de apartar del camino recto a Dana. Ahora que lo pienso hubiera sido fácil decirle a Gerardo: -No te preocupes amigo, ella ha tomado el atajo hace tiempo. Pero a veces la decidia de no decir a tiempo las cosas hace que el destino tome rumbos si bien predecibles ya imposibles de cambiar.
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En una fiesta de personas high se celebraba el cumpleaños de un amigo. Esa gente era propensa a todo tipo de desenfreno: drogas, orgías, mucho hedonismo, en fin, lo que el dinero permita. Dana era una de las bailarinas que animaba el show contoneándose sensualmente alrededor de un caño. Pasadas las horas y los estupefacientes y tragos, la vi hacer lo suyo con quienes así lo requirieran, debo decirlo, muy de mala gana. Creí pillar que me miraba de soslayo en ocasiones. Yo no alcanzaba a estar borracho así que tenía en claro casi todos los episodios de esa velada. Supuse que tampoco ella o si lo estaba sabía disimularlo bien. Su mirada parecía estar alerta y al tanto de todo, aunque la gente alrededor se hallara ya en éxtasis sobre excitada. Yo me retiré del sitio, al día siguiente me esperaban entrevistas, reuniones, etc. Para ese entonces había perdido de vista a Dana, cosa que poco importaba ya para esas horas de descontrol en que su cuerpo se limitaba a ser un objeto más de satisfacción, al igual que los tragos o las drogas que corrían en el lugar. Por un momento pensé en el inocente Gerardo, después me dije que no era asunto mío, además consideraba en cierta forma más preocupan te que ella fuera alguna especie de fanática religiosa a que estuviera en el negocio de la prostitución. Luego pensé que tal vez nunca se daría la ocasión en que yo la sorprendiera en algún culto convulsionando de fervor religioso con el mismo frenesí que lo hacía en las fiestas. Gerardo, me contaba, había tenido oportunidad de presenciar tal espectáculo de experiencia religiosa.


A Gerardo, el amor lo llevó al templo, a los sermones del pastor, a ser cómplice de ese circo de la fe donde todos parecían locos. Gerardo, indignado ante tanta estupidez colectiva, se desahogaba conmigo contándome lo que hacía esa manada de borregos encandilados. Yo escuchaba y me limitaba a decirle que algún beneficio habrían de obtener por eso acudían, o a veces solo alcanzaba a proferir la cínica cantaleta de "La fe mueve montañas" o cosas así. Gerardo estaba empeñado a sacar de ese círculo de locos a Dana.


Por otra parte, en alguna fiesta privada que siempre terminaba con el premio de las chicas pagadas, otra vez me tocó Dana como acompañante, por lo visto era una de las pocas prostitutas caras que esa agencia tenía, solo servicios de primera clase contrataban mis socios comerciales y Dana estaba presente en cada junta o reunión.


Esa noche estaba cansado, además, Dana no era de las que lograban estimularme, era hermosa, de buen cuerpo, hasta sensual a veces, pero no teníamos química. Imaginarla en el culto, cantando Aleluya hizo que una sonrisa disimulada se plasmara en mi rostro. Dana lo adivinaba quizá, es probable que mis ojos delataran cierto sarcasmo. Dana hizo el intento de levantar mi ánimo, yo, sabía que no lo haría, la miraba indiferente como si desconociera la simple y mera lujuria carnal que un cuerpo pagado despierta. Para no perder tiempo en soportar alguna escena y lloriqueos de orgullo herido le dije que me sentía enfermo, ella pareció comprender o quedar satisfecha con el pretexto, se metió una línea de coca y se sentó cansada sobre el sofá a fumar un cigarrillo. Le indiqué que podía dormir en la cama si así lo deseara, yo estaría preparando cosas del trabajo en la laptop. No era un adicto al trabajo, propiamente dicho, pero resultaba útil tener un pretexto así en la punta de la lengua para ocasiones como esta.


Observé dormir a Dana apoyada sobre su lado izquierdo. Parecía muerta, su respiración bastante tenue, casi apagada, su carne lívida y su faz inmutable transmitían un enigmático sosiego. Pensé que podría ser uno de esos casos de catalepsia. Empecé a imaginar qué haría si así se dieran las cosas. ¿Llamaría al 911, intentaría darle los primeros auxilios? Conociéndome, nada de eso haría, imagino. Decidí que sería interesante filmarla durmiendo, sin saber bien por qué. Coloqué dos filmadoras de mano que tenía y las dejé encendidas. Alcanzaría a capturar al menos un lapso de su sueño. Por mi parte, el cansancio me venció y había quedado dormido en el sofá.
Soñé con Dana todo esa noche. La veía orando con fervor en unos tramos, en otros, haciéndole felaciones a toda una junta de pastores mientras se oía repetir en voz solemne a cada uno cuando le llegaba el turno : este es el cordero de dios que quita los pecados del mundo. Por otro lado, aparecía Gerardo feliz, enamorado de Dana, dedicándole una canción y luego la misma escena pero con final opuesto: una canción llena de ira y odio reclamándole a Dana cosas indescifrables al oído.


Al poco tiempo de ese sueño, cual premonición, Gerardo se hizo famoso con el single: "Maldita oveja blanca". Fue un éxito inmediato. Otra canción de desamor cuyo desgarrador testimonio lograba transmitir todo el dolor que un mal romance deja para siempre en los corazones sensibles.


Volviendo a la historia de esa noche, cuando desperté Dana se había ido. Encontré cargado en la cuenta el servicio de desayuno. Dana también pidió una ración para mí. Agradecimiento de puta creyente practicando su obligada lección de caridad, me dije.


Gerardo siguió saliendo con Dana. Yo trataba de evitarlos, pues no sabía de qué hablar con ellos, me aburrían con sus temas musicales cristianos y su manía de recordar canciones de antes, Gerardo sacaba la guitarra y Dana tarareaba entregada a las notas más carrasposas y agudas. En los coros, siempre hacían dúos como si fueran Pimpinela, cosa que detestaba yo. El colmo para mí fue la ocasión en que decidieron hacer un popurrí de canciones de su culto, y no solo por las letras: me pareció en extremo ridículo que se pusieran a aplaudir y a bailar al son de aleluyas y loas al divino príncipe salvador. Desde esa vez me dije que Gerardo estaba volviéndose loco o que era extremadamente voluble, como sea, decidí alejarme de la pareja Flanders, que no fuera contagiosa cualquiera de sus aficiones.


Pasó el tiempo y Gerardo se hacía famoso en nuestro contexto musical gracias al tema "Maldita oveja blanca". Me había mandado un CD adjuntando la invitación al lanzamiento del álbum. Gerardo y su Yoko Ono hacían dúos en los temas cursis y empalagosos. No tardé en percibir que todos hacían alusión a temas religiosos, sin embargo "Maldita oveja blanca" parecía salir un poco de ese patrón al hablar de engaños, falacias, desencantos un tanto mundanos. El coro, repetido por todos decía: Loba feroz, disfrazada de cordero/, en tu albo regazo tejíamos el cuento./ Mas te vi rasurada y en hilo dental/ mientras destejías tu moral.


Descubrí que Gerardo no tenía ya banda sino era solista y que su manager era nada más y nada menos que Dana Morales. El CD había sido resultado de la caridad de los hermanos evangélicos. Asistí al lanzamiento en su nuevo centro de convenciones para diez mil personas, estuvo repleto. Gerardo era aclamado como una estrella de rock. Miles de fanáticos coreaban excitados el ya conocido coro y otras músicas más. "Maldita oveja blanca", era el hit del momento.

Gerardo, mi amigo de infancia era completamente feliz, se sentía querido, realizado, con fama. Luego del concierto hubo una fiesta privada a la que fui invitado. Qué puedo decir de esta gente. Todos se llamaban entre sí hermanos, no había drogas ni alcohol, solo bebían refrescos y cócteles de frutas, tenían sonrisas perfectas de propaganda de dentífrico. Gerardo y Dana concedían entrevistas con la amabilidad que todo principiante de la fama lo hace. Dana estaba vestida discretamente, decentemente, salvo que se considere escandaloso y pecado de vanidad la ostentación de tantas joyas caras y costosas marcas importadas de ropa de diseñador. Ese cuerpito desnudo cuya lujuria lucraba de noche estaba pudorosa y celosamente envuelto de pies a cabeza con los mejores trapos de la industria de la moda.

Felicité a Gerardo con toda la alegría que me era posible fingir. Él me reclamó mi lejanía desde hacía tiempo. Hubiese querido decirle: sí, desde que te vendiste a los cristianos me alejé, pero no era cosa de arruinarle la velada. Era la vida que había escogido y yo me había resignado a ser siempre neutral, a no emitir juicio alguno ante nada, a no intervenir en sus decisiones u opiniones. Dana lo hacía feliz desde que se conocieron. Ahora, parecía ocurrir lo mismo con esto de la fe, el culto, y claro está, la fama.


Pensé en el arte útil como eslogan. Tan usado en mi profesión de publicista, debía más bien observar y aprender en vez de criticar. Me dije que tal vez estimaba a Gerardo y por eso me hacía sentir cosas paradójicas el cambio radical de su vida. Nunca antes lo había visto descontento con su postura irreverente contra la religión. En el fondo siempre había admirado su franqueza y honestidad en luchar por su arte, por su música y sus creencias. Recordaba su duda y reniego a la religión, a la hipocresía que rodeaba a ese ambiente. Me acordé de esa ocasión en que me había caído en el colegio con el disco de Manson, a la vez en que se consiguió la Biblia Satánica de Lavey, o su etapa de adepto al black metal; esa ocasión en que fuimos al cementerio a jugar la tabla oija y que a mí me prefiguraban un futuro lleno de tropiezos y soledades. Yo tomaba todo esto como aventuras y vivencias, nunca había creído en una cosa u otra. Participaba tanto de exorcismos como de herejías y flagrancias a la religión sin que estas significaran nada para mi vida práctica, sin embargo Gerardo siempre había tomado con compromiso todas estas pequeñas irreverencias y transgresiones a las reglas: detestaba a los hipócritas borregos cristianos y por mucho tiempo jugó con ser un hijo de la oscuridad boicoteando con panfletos y grafitis jornadas de nuestra época de adolescencia como la Pascua Joven, los retiros evangélicos o las navidades.


Quise creer que Dana tenía una hermana gemela perversa (su novia, claro, no la prostituta que conocí primero). Me dije que había sido culpa mía no haber hablado a tiempo, no contarle todo a Gerardo. Me acordé de la filmación en la que solo se veía dormir a la "maldita oveja blanca" durante tres horas, inalterable y tiesa. Ni roncaba, la desgraciada, y estaba muy tapada, bajo el cobertor estaba desnuda pero lo filmado era simplemente su imagen casi inerte durmiendo en dulce paz, no serviría para acusarla de nada.


Puedo afirmar que era la primera vez que salía con una sensación tan desagradable como la peor de las resacas de una fiesta. Todos me llamaban hermano y eran insoportablemente amables y considerados. Nunca pensé que fuera tan terrible sentirse acosado por la gentileza en masa de ciertas personas. Ni siquiera podía refugiarme en el alcohol para neutralizar a los fulanos. Me retiré temprano alegando intolerancia a la lactosa, no tenía nada que ver pero salvó el pretexto.


El hit de Gerardo fue popularizado y cantado en todos los contextos: fiestas, festivales, peñas, sonaba en las radios no solo cristianas, etc. Poca gente entendía que en los versos se disfrazaban versículos bíblicos y otros tipos de mensajes llamando a más gente a compartir el vínculo divino de los devotos de Cristo, de todas maneras, era lo que menos importaba, cada quién entendía como quería la letra. Se hicieron versiones del tema en ritmos bailables y todo. Al final, se vendía mucho el álbum de Gerard y esa era la idea, supongo.

En poco tiempo olvidaba todo lo relacionado con Gerardo, seguía con mi vida simple, con las mismas reuniones, fiestas fastuosas y superficiales donde entre las putas caras era normal ver a Dana. Es más, usaba el mismo nombre. ¿Cómo es que no tenía miedo de que la delatara? ¿Pensaba ella que era como Clarck Ken, que con disfraz diferente pasaba desapercibida, o qué? Su descaro no tenía límites. Esa noche, la quería en mi cama. Lo conseguí. Sosa como siempre, Dana ejecutaba cada movimiento como un robot. Cualquier muñeca inflable hubiese sido más entretenida y gratificante. Pensé que solo lo hacía conmigo, porque yo era amigo de Gerardo. Mi testarudez no me permitió jamás hacer pregunta alguna sobre el caso pero había decidido ver más frecuentemente a Dana, necesitaba estar con ella. Creo que ella sospechaba que yo no le contaría nada a Gerardo porque a estas alturas eso significaría una traición de mi parte y quedar así para mí era perder para siempre su amistad. Sin embargo a ella, imagino que no le importaba perder a Gerardo, hizo dinero a su costa, se divirtió con él, era probable que al rato se consiguiera otra mascota similar, si yo decidiera contar la verdad quien quedaría destrozado sería Gerardo, a Dana no afectaría en absoluto sacar a la luz sus trapos sucios.


Me extrañaba que trabajara de prostituta a pesar de ser una magnate de la religión. Qué trataba de ocultar, me preguntaba yo. Será que en realidad disfrutaba de esta actividad, es cierto, bien remunerada en su caso. Después, sospeché que lo hacía por alguna razón poderosa que amenazaba su vida y la obligada a prostituirse... de cuerpo y alma, me dije.


Recordé a aquel Jimmy Swaggart de antaño, "uno de los pioneros del "televangelismo" que alcanzó su máxima popularidad en los años 1980, llenando estadios en cada país donde se realizaban servicios evangelísticos." cuya misión había sido tal vez, llegar a lo más recóndito de sus feligreses mujeres, al parecer, sin discriminar sus profesiones. Sí, esta gente opera desde varios ángulos de poder, llegan a todas partes, me dije, pensando que Dana tal vez fuera víctima de alguna venganza divina, de algún rencor apocalítico.


Decidí contactar a los antiguos miembros de la banda de Gerardo. Ellos estaban enojados con él, les pichaba la fama de éste. Más les había molestado que el tema que habian compuesto entre todos no mencionara en ningún momento sus nombres. Del éxito, ellos no sacaron beneficio alguno y a la hora de ir a estudio fueron suplantados por unos hermanos evangélicos, pues los seculares como ellos no eran lo suficientemente profesionales ni dignos de grabar un álbum. Ahora se resignaban a hacer cover de su propio tema y lo más irónico, todos decían lo mucho que se parecían sus composiciones a las de Gerard Cordero, nombre artístico de Gerardo."Cómo pueden copiarle tanto al tipo ese de "Maldita oveja blanca", comentaba la gente. De todas maneras, haciendo ese cover ganaban más dinero que tocando sus temas de siempre. Gerardo o su manager, por su parte, enterados del hecho introdujeron una demanda de reclamo al derecho de propiedad de autoría y prohibieron que sin permiso y sin pagar lo que correspondiera, se usara el tema "Malidta oveja blanca". Castigo divino, supongo.


Entendía su indignación ante tal injusticia. Decidí ayudar al grupo finaciándoles un demo de cuatro temas. La condición era que debían hacer algo distinto y mejor que lo del hit de Gerardo, les dije que no podían vivir bajo esa obnubilante figura toda su vida. Por otra parte, les había pedido que me dieran datos de algunos conocidos que se dedicaran al satanismo, al black metal, etc.


Llegué de esta manera hasta Satanson, una especie de sacerdote de la oscuridad dueño de un antro nocturno llamado Miss&thropical. Le dije que ime ayudara a develar mensajes ocultos tras las letras del álbum de Gerard. Pensé que apartaría con asco y escepticismo el material pero lo agarró sin preámbulos y me dijo que analizaría el caso luego de terminar la entrega de una investigación de temas musicales infantiles, como todo un profesional. Leyó las letras y sacó de un pequeño baúl una especie de diccionario semiótico de términos bíblicos. Me despedí de él confiado en que lograría decifrar alguna cosa de esas musiquitas edulcoradas. También me dijo que usaría la vieja técnica de oír el material en reverso, por si acaso, y algunos recursos compositivos como el contrapunto especular, captable al oído solo en frecuencias de éxtasis muy común de experimentar en círculos masivos de sectas y cultos religiosos.


Al poco tiempo, recibiría un mail de Satanson avisando que tenía noticias sobre el material de Gerard Cordero.


Cuento que durante ese lapso de tiempo que tardó la investigación, decidí invertir creatividad y dinero en promocionar el demo de Transmigrados, el antiguo grupo de Gerardo. me convertía de esta manera en una especie de traidor pero no sé por qué me sentaba bien comportarme de este modo. Es como si Gerardo y su repentina fe me hubiesen inspirado a tomar postura sobre las cosas, como si toda esa apatía que estuvo oxidando mi interior por años cobrara nuevos bríos y decidiera arrancar de cero la trayectoria. ¿El móvil de mis acciones tal vez habría sido la envidia? ¿El orgullo herido? ¿El rencor? No lo sabía pero estaba cambiando cosas en mi vida.


Regresé al antro de Satanson y escuchamos lo revelado en el CD de Gerardo. Me dijo que no tuvo necesidad de oír al revés el contenido, pues se sabía que esa técnica de frecuencia subliminal estaba pasada de moda y pues la gente siempre acostumbró escuchar en la dirección correcta y no en reverso las músicas y discos, así que nunca había resultado exitosa para proyectar ideas. Lo de develar contenido haciendo girar al revés discos o reproducciones fonográficas eran más producto manipulado de gente con exceso de imaginación, hoy en dìa ya solo un mito gestado adrede para simbolizar el mal a través del reverso de las cosas, en realidad nunca se habían puesto mensajes subliminales de esa manera ya que nadie acostumbraba reproducir en reverso los materiales fonográficos. Satanson había utilizado el diccionario de redes léxicas de las "semiosis agrietadas" de logias secretas. Fue simple vislumbrar tras cada palabra significantes elementales de fases primas de todo ser humano que tramaban mensajes encriptados a través de un sin fin de balbuceos cuyo propósito era el de arrear fieles, hacerlos adictos, dependientes y necesitados de la religión y lo más importante: contribuyentes incondicionales para el crecimiento económico de tales creencias. Fue fácil deducir por qué empresarios de distintas campos estuvieran metidos entre los líderes religiosos más influyentes y poderosos. La élite de los mismos había hallado la manera de asegurar éxito y multiplicación a nivel macroeconómico de todos sus bienes controlando a través de la religión a una masa de consumidores absolutamnete voluble, marionetas de la fe y del consumo ciego y obediente. ¿Qué podría lograr una imagen tan patética como la del Señor de las Tinieblas o bicho apocalítico de mal agüero cualquiera ante tan avasallante y enceguecedor poder de la luz, tan anestesiante divinidad, consolodora calma, adictivo júbilo y gozo eterno?
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Seguí viendo a la puta de Dana. Seguimos siendo amantes aunque siempre extraños, solo sexo y paga. Sentía aunque sea un pobre consuelo pagando por sus servicios de meretriz, imponiéndole mi necesidad carnal, mi animalidad, para bajarle sus ínfulas de salvadora celestial, de buena hermana, aunque fuera de esta manera. Una vez le propuse practicar sadomasoquismo, aceptó sin dudar. Resultó una experiencia intensa, ella parecía conocer las artimañas de tales prácticas, utilizó el látigo con furor hasta hacerme sangrar extremidades y espalda y parecía no darle miedo que yo la torturase de la misma manera. No pude hacerlo con la intensidad que mi fuero interno hubiese deseado concretar, no tuve las agallas de darle una buena zurra a la desgraciada aunque la detestaba con furia, lo único bueno (para ella, supongo) resultante de esa ocasión, fue haber derramado mi orgasmo por vez primera con esta mujer y con ello mi vergüenza escurrida a lo largo de mi flagelado y constreñido cuerpo. Había revelado demasiado de mí ante esta hembra manipuladora y ruin. El orgullo me impidió verla de nuevo. Perdí contacto con ella.


Gerardo iba de gira a países cercanos, siempre muy aclamado en el círculo de la religión, en primer lugar. A nivel popular fue conocido, su tema era claramente un hit, el dinero y la fama lo obtuvo gracias a Jesucristo y a sus fieles consumidores. Era la estrella del canal religioso y los productos vinculados con su imagen se vendían como pan caliente y eran recomendados por maestros para niños y jóvenes. Hasta había salido una autobiografía que circulaba en las escuelas y colegios junto a productos como agendas, lápices y bolígrafos y audiovideo de autoayuda.


Pasaron los meses y el demo de Transmigrados fue un fracaso total, ellos se conformaban con conciertos mediocres en pequeños pubs y a mí ciertamente su música solo me inspiraba estupidez y lástima así que me aparté de ellos que siguieron haciendo cover de sí mismos repitiéndose sin sentido como cromosomas de seres irrelevantes.


De Dana y Gerardo ya nada sabía.


Dejé de asistir a fiestas pero suponía que Dana iba a ellas a cumplir con el deber. Era una de esas chicas requeridas por todos, por cierto nivel de sofisticación que lucía. A la escala que ella se movía era posible ganar buena plata y buenos contactos con su profesión.


Una noche había dejado encendida la tv. En esas horas pasaban uno de esos programas donde pastores con acento portugués daban peroratas interminables sobre lo miserable e insignificante de la vida de todos en este mundo. Tardé un poco en darme cuenta de que el pastor que predicaba era Gerardo. Bien trajeado y con una voz de orador onnipotente y altanera se quejaba de los problemas del mundo echando culpas a Satanás, los vicios, las drogas, los video juegos, la música rock entre otras cosas. Me quedé pensando que hacía poco mi empresa había realizado un jingle publicitario para una compañía de telefonía celular. Comprendí de inmediato que esas líneas debían ser de gente de esta religión , pues todos los números sugeridos para llamar a pedir consuelo y socorro a Dios pertenecían a esta compañía. Son una peste, me dije.


Consulté a mis amigos si Dana seguía siendo enviada para entretener a los ejecutivos y me dijeron que sí. Asistí a una de esas fiestas y la vi. Me acerqué a hablar con la hermana y le pedí una noche privada. Fuimos como siempre a un motel de lujo. Le dije que quería recordar viejos tiempos y jugar un poco duro. Ella accedió sin oponer resistencia y sacó las esposas de su cartera. Le pregunté por Gerardo y ella respondió que él estaba bien, siempre con su música y sirviendo al Señor. Cuando indagué sobre su papel como sierva de Dios se encogió de brazos e hizo una mueca dubitante con la boca y la mirada, siguió el juego de la seducción, excitándome como nunca antes lo había hecho. Esa noche yo había abusado del alcohol y de las sustancias y me dejé llevar, caí en sus redes. No supe qué pasó luego, solo sé qué amanecí esposado a la cama y con muchos moretones.


Pasó el tiempo y el enigma siguió al igual que mi indiferencia ante todo. Dana ya no aparecía en nuestras reuniones. Gerard Cordero ya no predicaba en el canal religioso aunque su único hit siguió resonando por un buen tiempo en todas partes, especialmente en farras populares animadas por Transmigrados.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Super héroes


Los súper héroes nunca fueron de mi simpatía, cierto cinismo y escepticismo mezclado con una conciencia del ridículo siempre me hicieron tener una atención vaga hacia ellos.

Cuando era niña no me atraían aunque veía los dibujos animados (por no haber otra cosa en la tv) de El hombre de Acero: Superman y también la serie de Batman y Robin. De los demás dibujitos tipo Hombre Araña, Los Cuatro fantásticos, etc. poco recuerdo, me aburrían y cambiaba de actividad. No me atraían sus historias ni sus poderes ni los casos que tenían que resolver. No me impresionaba nada de ellos, ni su colorido traje con algún logo que lo identificara pegado al cuerpo ni sus destrezas y habilidades. Además que siempre era lo mismo: ellos ganaban sin tanto esfuerzo ni inteligencia.

Entre todos estos enmascarados el que me caía mejor era Batman. Por un lado, porque era un tipo que a través de su ingenio luchaba contra los villanos, por cierto, también con pasados oscuros que justificaba desde su destino criminal y odio a los ciudadanos de ciudad Gótica y del mundo hasta sus aficiones por tal o cual atuendo y símbolos; por otro, porque mostraba sin tapujos que con dinero la vida es mejor a pesar de ser huérfano y de tener a un inepto ridículo y maricón por ayudante: me refiero a Robin. Del mayordomo prefiero no hablar, segundón sumiso y servil. Lo irónico de Bruno Díaz era su altruísmo, siendo heredero de una fortuna quién tiene cómo hobbie ser un anónimo héroe que combate a villanos? Pero hay personas raras, así que dejemos ahí la cosa.

Bueno, decía que Batman me caía mejor porque mostraba un lado un poco más humano, es decir, vulnerable y le había costado cierto esfuerzo llegar hasta donde lo hizo al igual que al Pingüino, al Guasón o al Dos Caras, qué sé yo. El traje de Batman tenía sus defectos, como el de los demás: ajustado al cuerpo, la infaltable máscara y el icono que simbolizaba cierta habilidad suya (alguna virtud del mbopi) pero al menos no era un payaso de traje colorido cuya imagen de hombre en la vida real era de débil, torpe, perfil bajo y subempleado de cuarta; era un platudo millonario solitario meditabundo.

Recuerdo cuánto aborrecía al idiota de Clark Ken y a su ñoña familia. Me mortificaba en cada capítulo comprobar la ceguera de Luísa Lane ante la misteriosa desaparición de su amiguito en medio de conversaciones triviales. Otra de las cosas que me preguntaba era cómo haría Clark para recuperar su ropa o si alguien, por esas grandes causalidades de la vida no había encontrado tirado el atuendo del extraviado (y ahora desnudo) Clark, por ahí. Sin mencionar la de por sí detestable apariencia humanoide y de maya con capa del extraterrestre de súper poderes que además de caer de un planeta ficticio en su primera infancia es tan listo como para guardar tan evidente secreto durante toda su infancia sin siquiera al menos haber sido explotado por sus padres adoptivos para salir por tv en Believe or Not de Rilpley o el libro Guinnes, cuando menos. Como si un niño pudiera aguantarse las ganas de salir a pasear volando o aprovechar sus poderes en un juego de fútbol (americano) más que para ayudar a alimentar a los cerdosen la granja de sus bondadosos padres adoptivos,simples granjeros que supieron guardar muy bien esa nave espacial Kryptoniana. Para terminar con Súperman, su imagen de nerd de gafas de marco grueso creo que no lo necesitaba él sino los demás con la ceguera crónica que parecían sufrir todos para no notar que Clark y Súperman, eran el mismo tipo. Bueno, estas son suposiciones mìas, en realidad parece ser que Luísa era la ùnica que lograba ver al súper héroe volador, bueno, entonces Luísa, qué chica más ciega. Si cuando menos Clark usara una barba para despistarla, ah, puede que fuera lampiño el extraterrestre o que prohibieran el uso de barba en su trabajo. Bueno, de hecho, de ser Súperman cualquier tipo, creo que lo hubiese aprovechado saliendo con miles de mujeres hermosas, diosas de belleza, súpermodelos y ricachonas poderosas y no con una periodista sosa.

Pero entre los absurdos Spiderman no se queda atrás. Empecemos por el traje. No está mal para una fiesta de disfraces, pero vamos, para saltar de un edificio a otro y pretender establecer orden en la ciudad, no sé, creo que cualquiera con un mínimo de sentido común se le reía en la cara. Luego, presentar a un bicho tan repugnante como una araña, casi siempre utilizado para simbolizar ardides y traiciones, como a un modelo de virtudes y poder ... no sé. Una araña se aplasta de un pisotón apenas se la ve, y creo que su modo de vida es tejer una red en la cual está quieta por horas, días, semanas, aguardando a que alguna víctima caiga en ella, no es una cazadora ágil cuyas destrezas y habilidades combatan a depredadores mayores. Pero bueno, la analogía pretendida se comprende por más pobre y rebuscada que parezca. Ahora vayamos a Peter Parker, otro perdedor y pobretón de la vida real cuya "nobleza" no le permite hacer uso de sus poderes para al menos conseguirse un buen piso. Pero Dios, quién quiere súper poderes si va a vivir tan miserablemente. En la vida real Peter Parker es aplastado como un bicho cada día, dista de ser un depredador y en este caso hasta me parece ilógico que tenga un súper cuerpo o una linda cara ya que es un nerd, lo malo es que tampoco tiene cerebro, ni muestra astucia alguna para atrapar a nadie ni a Mary Jane, que obviamente esta lejos de una chica que miraría a un debilucho torpe como Parker.

Bueno, yo me sigo preguntando cómo es que tienen tanto éxito los súper héroes con mayas coloridas. Algo raro hay en el hecho de que resulten tan atractivos para los mita`is unos cuantos tipos forzudos, de trajes ajustados y sensuales, cuya nobleza y gallardía se iguala a la del príncipe azul que enamoraría a Cenicienta. Creo que la respuesta sería: por los poderes. La habilidad de resolverlo todo como por arte de magia y a los golpes, por supuesto. La acción, las armas, la destrucción, toda esa testosterona simbolizada en la posibilidad de demostrar supremacía. No hay diálogo, reflexiones folosóficas o cartas de Sr. Villano tal, recapacite por favor. El símbolo del poder para combatir lo adverso del crimen y la injusticia. Casi tan inútil como gastar oraciones y alabanzas a algún ser superior.

Ese apéndice romántico que todo súper héroe tiene enamorándose de la primera simplona que esté al lado suyo se hace sospechoso, dudoso, de extraña apariencia, aunque supuestamente parece decirnos: no solo perdemos el tiempo resolviendo los problemas de los seres inferiores y sin poder (problemas por cierto siempre nimios ante los de tinte personal: villano que odia a súper héroe, lo podrían resolver en un ring o jugando pulseada), sino que para tener todas las virtudes que cualquier hombre bien requiere, también estamos heridos de amor no correspondido, sufrimos por ello. Vaya, ¿pasa a ser el mayor de sus problemas que una fulana los vea como simples mortales y se enamore de ellos o esa es la última máscara que utilizan estos machotes para esconder otras inclinaciones? Por lo menos estas tipas por los que suspiran los súper héroes son más fieles a la imagen de una mujer real: no elegirían a un perdedor por pareja, a un simple obrerito mal pagado que solo sirve para amigo.

Me pregunto qué pensaría Luísa Lane al ver todo machote a Clark: amorcito, ¿me guardas el secreto?, diría éste. Si se hiciera una encuesta preguntando a las mujeres si podrían cumplir con tan importante tarea aunque sea por el bien de la humanidad, creo que la mayoría respondería que sí. Se guardan secretos más graves como tener un marido borracho , eyaculador precoz, vamos, no está tan difícil la cosa. Aunque según Peter Parker todo el misterio de guardar la identidad es para que los malos no quieran herir a sus seres amados. Ese es el pretexto, pero en la lógica simple uno dice: si se puede mantener en secreto su identidad por qué no poder mantener en secreto su romance. Eso viene a considerar, por simple deducción que una mujer no puede guardar secretos. Tal vez, quién entiende esto.

En fin, entre las habilidades notables de los súper héroes hay una que me gustaría mencionar por ser digna de admiración, la de modisto y costurero. Además de tener un gran don de diseñador que Versace envidiaría (pero solo por el ajustado en la entrepierna de los trajes), me pregunto de dónde sacarían las telas:muchos fardos, hilos, y demás elementos sin mencionar la cantidad de veces que deben hacer un surcido invisible, parches, más trajes de repuesto, pues cualquiera sabe que entre un lavado y otro las telas se destiñen, se extienden, pueden tener bolitas, agujeritos hechos por los grillos y las cucarachas. Bueno, el lavado es un tema aparte, vaya olorcito y manchas que han de mandarse después de estar columpiándose entre edificios, el tráfico y hasta traspirando por una mujer.

En fin, los súper héroes no son cosa de ahora. No sé cuándo ni cómo esos tipos ideales, valientes salvadores musculosos y bien parecidos empezaron a usar mayas pegadas de diseños tan alegres y a esconderse tras la identidad del citadino indefenso. Tal vez Freud y otros cuantos nos darían pista de esto pero digamos que las opiniones masculinas siempre son muy parecidas y unilaterales sean estos sicólogos, sociólogos, publicistas, escritores o consumidores en cuanto a estos asuntos, pero habría que ver, tal vez yo esté generalizando demasiado. De todos modos, esta es una simple opinión.

viernes, 5 de junio de 2009

EL DOBLADOR


(..)No entiendo cómo es que no me daba cuenta antes, cuando era una niña, que la voz que tenía Terminator, en realidad, es la misma que la de Homero :S
(…)Los Simpson (y me causó mucho (gusto) verlo en tu posteo también) es una serie que siempre miro y en inglés es horrible…

- ¿Qué le parece que los Premios Oscar hayan aceptado la petición de incluir un galardón para los actores de doblaje?

Tendréis que empezar en el mismo momento en que empiece la voz original, pero mirando lo que pasa en la pantalla, para no olvidar las pausas o los gestos importantes. Para poder oír vuestras voces mientras dobláis la escena, es mejor que bajéis el volumen del original. Tened en cuenta que el día de la Final, tendréis que hacerlo primero oyendo la voz en japonés a modo de prueba, pero después sin oírlo para la grabación definitiva. ¡Sólo necesitáis un poco de práctica!


Como simple traductora (no soy escritora) mi historia será también simple aunque mi intención sea compleja al tratar de narrar este episodio de la vida de éste personaje a quien tuve la suerte de conocer por esas cosas que el azar concede.

Cuando conocí a éste tipo tan peculiar me encontraba en un antro de mala muerte junto a Constantino con quien trabajaríamos la traducción de un cortometraje. Queríamos pasar un doblaje de voz del inglés al guarani porque era algo que no se había intentado aún, los subtítulos irían en español, algo trilingüe, sería.

El corto era de un yanki- paraguayo, proponía como signo de comunicación el icono del tereré sin fronteras. Narraba episodio de un tipo paraguayo que recorre las cálidas playas de Malibu con su terere, a través de esta bebida, que invita a todo aquél bañista sediento, socializa fácilmente con la gente y hasta se consigue una chica hermosa. No gozaba de reconocimiento alguno el corto pero al menos había recorrido algunos festivales de cine. Después del revuelo que significara Hamaca Paraguaya, se sentían con confianza los perros de abordar otro tema paraguayo. Constantino había contactado con el realizador del corto. Al tipo le pareció fabulosa la idea de la del doblaje, más aún después de comentarle que sería exhibida en el festival de cine de Asunción y con miras de ir a Buenos Aires, Venezuela, Colombia y algunos países de exaltación americanista en auge.

Mientras hablábamos de todo eso y Constantino me entregaba sus traducciones al guarani, (yo me haría cargo de los subtítulos en español), comentamos lo difícil que sería hallar dobladores en guaraní. El tema del doblaje no sería fácil, tenían que ser dobladores guarani hablantes. Debatíamos todo eso cuando imprevistamente, el tipo de semblante taciturno que estaba bebiendo en la esquina intervino en nuestra conversación haciendo referencia a las dificultades que implicaba el doblaje de voces.

Por el español que hablaba nos dimos cuenta de que no era de por acá. Un acento neutral que no pudimos identificar de dónde sería. La siguiente cerveza la bebió en nuestra mesa, cortesía nuestra para continuar la charla. Advertimos que el tipo no estaba diciendo tonterías, sabía de lo que hablaba. No quisimos preguntar qué dónde era, de una frase que citó posteriormente haríamos nuestras deducciones: -Germán Robles asegura que el doblaje en México es el mejor del mundo “Es plano en su color pero rico en cadencia”, eso dijo el maestro, dijo el extranjero. Apenas llegué a casa investigué en la web, afloraron informaciones sobre el tema. Tenía razón el taciturno hombrecito.

El tipito, que se hacía llamar Charro, estaba siempre con una actitud esquiva, furtiva, meditabunda, parecía esconder alguna historia triste o prohibida o simplemente estaba fastidiado a tal punto de no quedarle nada más en la vida que emborracharse y desaparecer sin que nadie lo percibiera. Fumaba indiferente con cierto dejo de vergüenza o timidez indefinible del todo. La primera noche dijo que iba a comprar cigarrillos y no regresó. Al otro día lo encontramos en el mismo barcito cabizbajo y apesadumbrado, pronto descubrimos que rastrearlo no era difícil: Asunción es una ciudad con una zona de Mariachis bien delimitada, su último refugio ante el asalto de las nostalgias que lo escindían en congojas de borrachera.

Me hice amiga suya, incluso fui algunas veces a su departamento, tenía un lugar casi decente, ordenado. Apenas ostentaba unas sábanas y otras pocas ropas, un televisor y un equipo de DVD, de esos baratitos que se compran por ahí. Nunca pude observar bien el sitio siempre en penumbra el cual abandonábamos con cierta enigmática premura en breves instantes. Ese fue el único lugar que le conocí como residencia, después se había mudado como cuatro veces más, creo, ni me molesté en conocer sus posteriores hospedajes.

En una ocasión decidió invitarme a ver El purgatorio. Era una película entre género de terror y gore, relativamente buena en la producción, hecha a manera de documental, de calidad tolerable; de los ochenta, más o menos. A esta primera película siguieron otras del mismo género que me prestó para verlas en casa: El baldío, Rapsodas de ultratumba, Purulento engendro terco, , Las bestias conformes, Colonia penitenciaria, y mis favoritas, Suturas apocalípticas, Travesías góticas y El carnicero políglota. Alguno de estos filmes los había visto de niña, con sus correspondientes subtítulos in spanish en la época en que mi hermanito lograba contagiarme su entusiasmo el cine bizarro más que mis púberes amigas y sus películas de arrebatos adolescentes tipo Clueless. Otros filmes que me pasó no habrían llegado a Paraguay ni remotamente aunque habían sido muy famosos en USA, en México y otros países. Pude captar el mensaje que intentaba transmitirme: que yo podía hacer carrera como traductora de guiones hasta en un género, como el visceral que tenía su público y generaba ganancias aunque estuviese exento de la parafernalia de los Academy Awards. Me extrañó ver que los doblajes de estas películas al español existían casi a la par que los subtítulos amarillos a los que se debían someter a leerlos en caso de no entender el inglés freak.

Me hice amiga de Charro, me hice íntima amiga suya, hasta enredarlo en mis sábanas algunas noches en las que el miedo no me dejó más opción que refugiarme en sus brazos. Charro a veces se llamaba Mario, o Ramón. Con el tiempo aprendí todos sus sobrenombres y lo encontraba a pesar de que cambiara de casa o desapareciera por semanas, o él me encontraba (a pesar de seguir siendo yo misma, indefectiblemente). Con el tiempo tuvo algo de confianza en mí, confianza al punto de permitirse tomar un desayuno en la cama conmigo sin escabullirse a mitad de madrugada mientras yo dormía. El tipo era un misterio. No hacía nada pero siempre tenía dinero, al menos dinero suficiente para sobrevivir y pagarse alquileres, hospedajes y viajes al interior del país, según decía.

Charro sabía mucho de cine, gustaba del teatro, siempre íbamos a las obras que estuviesen en cartelera y también a la ópera, a muestras de cine arte, exposiciones de pinturas y a todo tipo de manifestaciones bohemias o fiestas. Recuerdo una ocasión en la cual estábamos en un cumpleaños de quince, no tuvo reparos en unirse a cantar con el mariachi a todo pulmón, como todo un profesional. Me sorprendió al punto de cautivarme por completo y conmoverme hasta las lágrimas.

Recién ahora adquiere sentido toda esa serie de filmes musicales que vimos. Me decía que habían sido muy famosos en su época y que pocas personas tienen la capacidad de doblar musicales, que era lo más difícil del mundo, que se necesitaba clases de canto, estudios de música y hasta conocimiento de baile y ni hablar de los que debían doblar a raperos o cantantes de hard rock, películas si bien no tendrían nominaciones para premios importantes requerían de dobladores expertos para pasarlos a otros idiomas.

A Charro le sobraban los silencios insondables. Si compartíamos algunas cosas como nuestra afición al cine o al teatro, no iba más allá de eso. No había conversaciones de otros temas salvo los referentes a películas, documentales o series de tv. Recuerdo que decía los créditos de las películas son importantes pero que nunca están completos, alguna vez estarán completos, decía. Esto lo decía siempre al llegar a los créditos mientras los veía correr hasta el final, en enigmática contemplación, absorto.

Charro nunca hablaba mucho, no llevaba celular ni jamás daba número de teléfono alguno donde ubicarlo. Algunas veces lo observé dormido sujeto a un sueño pesado, me asustaban sus gemidos y algunas palabras incoherentes que detrás de heterogéneas voces articulaba entre babas y ronquidos. Llegué al punto de creer que era víctima de algún tipo de posesión demoníaca que se manifestaba indómita desde el más allá. Después de ver tantas películas de terror, me arrebataban dudas de trascendencia paranormal y metafísica, supersticiones; compresible ante la alarmante colección de películas de miedo a las que parecía ser devoto Charro. Voces infernales se colaban por su garganta sucediéndose en tono de protestas y reclamos. No lograba entenderlas, Charro se limitaba a decir que había tenido una pesadilla, un mal sueño. Con el tiempo no sé si el miedo o la rutina fueron alejándome de él. Dejé de buscarlo, tampoco volvió a buscarme. Muchas de sus películas se habían quedado en mi casa. Semana tras semana tenía la esperanza de que volviera a retirarlas, aunque en esos momentos lo prefería lejos de mí.

Debo confesar que pasaron muchos meses hasta que decidí rastrearlo en los antros de siempre. No había pistas de él. En esa época se concretaron las traducciones del corto y me metí de lleno a trabajar, entonces no me afectaba tanto su ausencia, una vez concluido el trabajo, decidí buscarlo nuevamente y mejor.

Vano fue fatigar internet intentando ubicarlo en algún perfil sitios o direcciones de e.mail. ¿Qué sabía yo del tipo? Nada, salvo que era un mexicano que sabía algo de doblajes, que había sido un buen amante que me prestaba muchas películas, que hablaba en sueños, probablemente, poseso. Su desaparición fue tan misteriosa como el primer encuentro que tuvimos. Nadie sabía nada de Charro, de Ramón o Mario, o del mexicano, como también lo llamaban solo después de saber que era uno de ellos.

El proyecto del corto metraje doblado del inglés al guarani y subtitulado en español fue bien recibido, nuestra parte había terminado y otros se encargarían ejecutar lo demás. Habíamos invertido dinero pero valía la pena la satisfacción que nos brindaba la realización del proyecto. En pocos meses estaría listo el corto y sería exhibido en el festival de cine de Asunción.

Una mañana hallé un comentario de felicitaciones en mi blog por concretar el proyecto: “Te felicito por el logro del corto, puedo reconocer tu trabajo aunque no aparezca tu nombre en los créditos”. Esa frase lo delató. Sabía que había sido Charro quien había escrito ese comentario.

Seguí escribiendo blogs que actualizaban mis trabajos y proyectos. Trabajaba en traducciones de documentales, sobre todo. Había conseguido algunos encargos de una empresa que intentaba ser la Palmera Record paraguaya. Se llamaba Pindó Record (sí, ya sé, demasiado copiona), operaba desde Argentina y últimamente me daba trabajo.

En otra ocasión, mucho después de ese comentario que suponía yo, era de Charro, recibí más felicitaciones en mi blog por mis traducciones y entre ellos comentarios y citas enteras de los textos que hacía poco tiempo había yo traducido para ciertos documentales de antropología de nativos del chaco paraguayo que eran doblados al español. Documentales demasiado recientes para haber sido exhibidos al público, solo en Pindó Record lo pudo haber visto quien quiera que haya sido. Decía el comentario: “(...) aunque no aparezca tu nombre, reconozco tu traducción. Conozco tu lenguaje, conozco tu expresión”. Eso aportó una importante información a lo que después descubriría.

Me enviaron, de Pindó Record, como era correspondiente, el documental Chaco paraguayo doblado al español, he ahí mi texto magníficamente interpretado, un acento neutral de voz cálida cuyo timbre y cadencia me sonaba conocida. Casi no me cabía duda, era la voz era la del Charro. ¿Cómo estar del todo segura? Moví mis contactos en Pindó Record y alguien dijo que un mexicano era el que doblaba los documentales. Viajé hasta Buenos Aires, ansiosa ante el irreprimible impulso de encontrar Charro.

Conseguí una dirección a nombre de Ramón Valdés y decidí abordarlo a la salida de lo que parecía ser su hospedaje. Me reconoció de inmediato. Me envolvió en un cálido abrazo y corrimos a su hotel. Me dijo que se dedicaba a hacer doblajes de voz desde hacía tiempo. Pasé una semana inolvidable con él, tuve que regresar a Asunción por razones laborales. En ese momento de excitación y desbordante pasión no alcancé a vislumbrar cuál era el alcance de ese tiempo que llevaba habiendo doblajes al que se refería tan vagamente Charro. Al despedirse Ramón, Mario o como fuese que se llamaba Charro, me dijo: “Acuérdate de exigir que se reconozca tu trabajo. Pide que aparezca tu nombre en los créditos” - y después, en un tono de broma – “sin mí, muchos actores, directores ni películas habrían saltado a la fama o sido éxito de taquilla”. Y casi llegaba a sonreír velando la mirada mientras pronunciaba lenta y suavemente estas palabras fumando triste y absorto en esa timidez que tanto me fascinaba.

Después de eso no volví a hablar con Charro. Un día me enteré de que se buscaba a un famoso doblador de voces mexicano prófugo de la justicia desde hacía años. La noticia me llegó por un e.mail de Constantino. Él, dedujo que Ramón, el Charro, era el famoso doblador de voces prófugo y buscado. Dijo que corría tras él una demanda por incumplimiento de contrato, me pasó el enlace de la crónica. La noticia decía que por culpa del doble conocido como Humberto Torres, había ido a la quiebra una importante productora de traducciones, subtítulos y doblajes. Una conocida productora de filmes de terror, derivada de un gran estudio de cine hollywoodense sostenía una demanda de millones de dólares contra la productora de doblajes, por pérdidas económicas y de popularidad ocasionadas al haber cambiado al que doblaba la voz de importantes personajes de tv y películas de todo género durante dos décadas.

Hoy no tengo idea de qué habrá pasado con Charro. Me puse a ver las películas de su colección que habían quedado en casa, otras, las fui consiguiendo tras investigar las producciones del estudio demandante. A veces, creo reconocer alguna de las voces que habría doblado. Es increíble la capacidad que tenía para hacer tonos que podían representar voces de niños, adolescentes, monstruos y ancianos. Debo admitir que reconocí más fácilmente la voz de los musicales, tenía fresca en el recuerdo la voz que se sumó al mariachi en aquél quince años, pero cómo olvidar las voces de ultratumba cuyos estertores habían perturbado mi sueño en varias ocasiones, las reconocí en las películas de terror, que veía solo de vez en cuando, con mi hermano, para recordar viejos tiempos.

miércoles, 13 de mayo de 2009

VENGANZA






Dispara el arma, desparrama los sesos de la maldita en aquel muelle donde la encontrará su amante. Un mohoso rencor se obstina en recordarle que ella merece ese fin por traicionarlo. Va a dormir satisfecho. Al otro día lo despierta la llamada de su novia, llorosa e inconsolable le cuenta que han asesinado brutalmente a su gemela.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El concursante




5/02/09

En mis inicios, siempre había envidiado a Franco, era a todas luces talentoso, intuitivo, inteligente y definitivamente, escribía mejor que todos nosotros. Que nos conociéramos fue casual al igual que haber signado de manera tácita mi destino. En ese tiempo éramos Sandro, Vitorio y yo quienes más flirteábamos con el quehacer literario juvenil de la época que desvelaba nuestros primeros versos de amor y relatos de alguna aventura (o desventura). Habíamos sido amigos desde el colegio. Si fuimos compañeros fue por el descuento en la cuota que les hacían a los hijos de profesores, eso me procuró la suerte de educarme en un colegio costoso y prestigioso.

Sandro y Vitorio se habían erigido como los líderes fundadores del taller literario “Los quebrantahuesos” que se llevaba a cabo en un sórdido antro que pretendía ser en ocasiones un centro cultural. Sandro y Vitorio eran de familia adinerada, yo no.

El taller literario “Los quebrantahuesos” en sus inicios pretendía hacer frente al pequeño círculo de literatos reconocidos que conformaba el universo literario de nuestra localidad, universo pequeño del cual más tarde (sin saber cómo) acabaríamos siendo el astro más resplandeciente.

Éramos ingenuamente felices sabiéndonos diferentes hasta que se había unido al taller Franco. Al principio parecía asentir con la mirada a cada lectura, a cada comentario, se mantenía callado y abstraído con su indiferente imagen de obligado cigarrillo, barba, maraña de melena y raídas prendas. A nuestro taller asistían muchos tipos así. Sandro, Vitorio y yo, lucíamos así, más que nada para contrastar con el aspecto delicado y sobrio de la elite literaria local. Yo hasta encajaba con esa requerida imagen de neohippie que asumíamos: era un tipo clase media, viajero de micro, había crecido en un barrio donde sin empleos que los exigiera a acicalarse, casi todos llevaban barba, pelo descuidado, ropas gastadas. Para Sandro y Vitorio, sin embargo, el ser rebelde demandaba disfrazarse de hippie para disimular sus orígenes. En el taller además de dar cierta importancia a estas cosas leíamos nuestras obras sentados en el piso, entre pausas de terere y nubes de cigarrillo, comentábamos textos de malditos, benditos, consagrados y desangrados escritores, los crucificábamos o los erigíamos como ídolos. Las estrellas indiscutibles del taller eran Vitorio y Sandro, siempre aplaudidos, seguidos, loados y comentados. Yo leía todo lo que me recomendasen ellos, muchas veces porque la única manera de leer ciertos libros era si ellos me los prestaban. Me guarecía bajo la sombra que proyectaban ambos, inmediatamente después de la de sus novias, cuyos efervescentes manifiestos feministas conseguían apenas hacernos eructar a los demás miembros uno que otro verso mediocre, amparados en la benevolencia que a ellas, las musas, se les concedía. Pero desde la llegada de Franco muchas cosas cambiarían empezando por la vergüenza que cada uno de nosotros sintió esa primera vez que él leyó algo suyo. Después de asistir al taller durante casi dos meses, una noche lluviosa que había contado con la asistencia de solo siete de los quince que solíamos ser, Franco se animó a leernos dos poemas suyos. Las expresiones de Victorio y Sandro mutaron a una palidez delatando una extraña e incómoda inquietud quizá solo por mí advertida. Trataron de disimular su asombro con cumplidos tartamudeantes y escuetos pero de inmediato percibí que eran conscientes de que los versos de Franco eran lo mejor que se había leído desde aquel poema (en exceso celebrado) de Sandro que había sido publicado en una revista literaria. Yo conocía esa expresión de mis dos amigos, con el tiempo había descifrado el significado de sus miradas, me la habían echado esa vez que la profesora de literatura eligió mi ensayo para leer a fin de año y cuando me gané una mención en el concurso de comentarios “Voces Jóvenes”, mis obras nunca habían sido compartidas en nuestro taller por una supuesta falta de tiempo, absolutamente justificado con la lectura de autores más importantes que yo, por supuesto. Sin embargo para mí, los poemas de Franco habían sido como un hálito de céfiro. Sentí una turbación inocultable, el brillo de mis ojos y la sonrisa idiota en mi rostro me delataban, Sandro y Vitorio me lanzaron esa otra mirada, la de reproche, conocida mía desde la infancia.

Franco, a pesar de la tibia recepción de sus obras por los líderes del taller continuó leyéndolas cada viernes. En una ocasión, había llegado con un librito para cada uno de nosotros con dedicatoria y todo, confeccionado por él mismo, muy bien hecho, con ilustraciones de la ahora famosa artista plástica Sofía (novia de su juventud). Aún tengo el mío, la dedicatoria dice: “Para el lívido Tildo, con afecto”. Era de poesías, y al final cerraba con dos cuentos. Algo único, muy superior a toda producción parida en el taller. Presumo que después de leer el libro de Franco me había resignado a ser crítico, qué sé yo, alguna influencia – malévola y apocalíptica- tuvieron sobre mí sus Doce simples poemas y dos relatos. Después de ese obsequio, lo bueno había sido que todos y especialmente Vitorio y Sandro, se esmeraban cada vez más para seguir sobresaliendo en el taller, hasta dieron importancia a unos versos viejos míos y me animaron a leerlos, ponderándolos como nunca antes; lo malo, que tales esfuerzos resultaban vanos; cualquier elogio, pueril e ilusorio ante la avasalladora fuerza de los versos de Franco. Franco, de a poco iba soltando críticas, al principio con cierta indulgencia –advertida por todos- para luego ir desnudando cada una de nuestras falencias de manera sencilla, sin pretensiones de menoscabarnos. Los valientes siguieron leyendo ante Franco, tomaban en cuenta sus consejos, preferidos ante los de Sandro y Vitorio que fueron dejados de lado. Sandro y Vitorio se cuidaban de exponerse, solo a veces leían sus obras, si obtenían alguna crítica de Franco, así fuera ésta mínima, lo confrontaban amonestando ásperamente y sin justificación las suyas, esto con el tiempo, imagino que terminó hastiando a Franco. En cierta ocasión, ante las réplicas fuera de lugar y cizañeras de los líderes del taller al llegarle el turno de criticar las obras de ambos fue inmisericorde, (sin faltar en ningún momento a la verdad), luego se puso de pie y con sobriedad (y con cierta arrogancia) dijo que su obra era mucho mejor la de ellos y que ambos lo sabían mas no querían reconocerlo. Todos quedamos sin palabras, se levantó la sesión momificada en el silencio de furtivas miradas y parcos murmullos. Luego de esto Franco desapareció. Mucho después me enteré que Victorio y Sandro lo habían echado del taller, ese secreto me lo había revelado Taia, la loca novia de Sandro. Algunas veces, poco después de la desaparición de Franco creí leer algunos poemas suyos bajo diferentes seudónimos en blogs de sitios literarios, en algunas revistas online creí reconocer el poder de su verso devorándose con camaleónica pericia a los insectos retóricos que osaran cruzarse en su camino. Mis poemas jamás habían tenido oportunidad de ser publicados, en parte, fue esa otra de las razones por las cuales me incliné más hacia la crítica y a los comentarios. Continué asilándome bajo la sombra de Vitorio y Sandro, me movía en los recovecos literarios como la afortunada rata que en vez de ser matada a palos había sido adoptada como la mascota condenada a rodar el círculo del purgatorio literario.

Cuando nuestro taller fue consumiéndose en el olvido migramos al taller “Voces nuevas” dirigido por una de las vacas sagradas de la literatura local. Vaca que lucía como una holandesa inflamada de lácteas coplas, ideales para nuestras carencias literarias. Con el tiempo se hizo novia de Sandro. Pronto fue posible para nosotros asistir a todo ágape de cuentos, de poesía, de cine; tuvimos pase libre a embajadas, conciertos, y encuentros con el más allá: así me conseguí unas becas (y saliendo con la hermana fea de la novia de Sandro, claro), sacrificios literarios, los llamaba yo.

Puedo decir que me hice un lugar en el rinconcito literario local, tuve licencia para publicar notables estudios de crítica gracias a dos (odiosas) maestrías que cursé en la madre patria. Mi afición a la literatura y mi amistad con Vitorio y Sandro, ahora importantes paladines de las letras, se habían convertido en una especie de simbiosis de la cual todos nos nutríamos: yo alababa sus obras, ellos seguían cediéndome sus mujeres y amables pases a la cultura.

Pasado el tiempo constituimos el comité directivo del taller literario, el más reconocido de la ciudad. Organizábamos concursos de los cuales habitualmente nosotros mismos -juntos o separados- conformábamos el jurado. El concurso de poesía era el más esperado, uno de los pocos llevados a cabo y el más dadivoso, auspiciado por solidarios entes estatales y embajadas primer mundistas. Como crítico puedo afirmar que pocas veces leía cosas interesantes en estos concursos, casi siempre se presentaba gente de nuestro taller con aburridos, desabridos y predecibles versos. Sandro y Vitorio nunca arriesgaban a elegir “voces nuevas” a pesar de que el taller y el concurso se llamaban así. Al menos, con el tiempo, hacían caso a mis preferencias: era yo el de las maestrías y doctorado, y el contacto con eventos y escritores internacionales.

Cada año se presentaban al concurso más que nada, escritores conocidos a los cuales por lo menos por respeto adjudicábamos uno que otro galardón y otros cuantos a los que eliminábamos al saber que serían posible competencia para la elite.

La XI edición de “Voces nuevas” había sido mi preferida. Con meses de antelación habíamos leído las obras y sin riesgo a equivocarnos, era acaso la primera vez que aparecían textos de tanta calidad y lucidez. Hacía tanto tiempo que leía cosas acartonadas cuan caldo en cubitos, patentemente desechables pero desesperadamente necesarias para llenar la panza, sí, solo para llenar la panza, no voy a decir la cabeza o el corazón. Con esta edición del concurso había recuperado el olvidado sabor a leer, a palpar cada palabra, a disfrutar de cada verso, a acelerar el pálpito del corazón y a sucumbir al entusiasmo hasta el punto de salir a la calle a mirar una realidad distinta que me había sido velada. A Vitorio y a Sandro les había pasado algo similar, lo noté en sus miradas aunque pretendieran disimular el asombro ante tanto despliegue de talento como en ningún otro año había ocurrido. Convenimos en establecer los ganadores considerando la variedad. Comentamos sobre lo llamativo de tan abismal pluralidad y de tan buena calidad. Establecimos los premios en el orden correspondiente, procedimos a develar las identidades de los concursantes. El primer lugar correspondió a Anastasia Benítez, de treinta años, desconocida para nosotros. El segundo y tercer lugar los ganaron dos tipos igual de incógnitos para nosotros que la primera, Carlos González y Dionisio Gómez, de veinticinco y veintisiete años, respectivamente. Las menciones fueron otorgadas a otro chico desconocido para nosotros y a dos más que alguna vez habíamos visto rondar el taller de poesía.

El día de la premiación aparecieron los ganadores y todo fue encantador, jubiloso y chispeante. Me acerqué a ellos, les di mi autógrafo (me lo habían pedido) intenté conversar con alguno, me parecieron totalmente extraviados en el ambiente. A Anastasia, la ganadora le pregunté quiénes habían sido sus influencias y no supo responderme, por decir algo habló del clima, tragándose o trasmutando eses y sin concordancia entre género y número, especulé que estaba borracha. Finalmente dijo: “diculpe señor”, “voy a tomar coca, parece bien helado”, y fue a atacar la mesa de bocaditos dejándome con la palabra en la boca. Anastasia lucía pálida, había olvidado ponerse el corpiño, revelaba las ubres de quien ha sido madre muchas veces, vestía mal y no me refiero con eso a como una seudo hippie. Los otros ganadores, en distintos ángulos disfrutaban opíparamente del brindis, los libros que contenían sus obras publicadas fueron dejados como al descuido en un sitio, unos, otros los guardaron en sus mochilas sin siquiera revisarlos. Quise acercarme a hablar con ellos pero parecían evadirme, logré conversar con el que había obtenido la primera mención, dijo que venía del interior del país, que era su primera vez en Asunción, al rato pretextó ir al baño. Me pregunté si yo estaba tan fuera de la moda literaria juvenil, atribuí la indiferencia que me mostraban a eso, recordé que nosotros mismos habíamos actuado así cuando jóvenes ante los escritores reconocidos de antaño. Se portaban raro, escribían raro, qué más, lo único coherente que habían hecho fue pedirme un autógrafo, aunque lo habían ejecutado como si se tratara de una misión mandada. Fui a preguntarles a Sandro y a Vitorio si habían hablado con alguno de los ganadores, ellos alegaron estar cansados para esas cosas, las relaciones sociales con escritores principiantes los importunaba, para Vitorio y Sandro todos eran unos fanfarrones chupamedias que habían estudiado con pericia las obras del jurado para así ganar el concurso y que si hablaban con ellos, probablemente, terminarían recitándoles sus únicos poemas famosos -con moraleja- que figuraba en los libros de literatura de secundaria, les darían consejos y profesarían una observación muy aguda creyendo comprender y conectarse con el alma del poeta; por haberse ganado un premio literario se comportarían como par de ellos bombardeando sus direcciones electrónicas y blogs, los saludarían en todas partes: en un bar o en un burdel, intentando socavarles opiniones, libros y demás. Vitorio y Sandro solo estaban contentos de que los ganadores no fueran miembros del taller literario, se libraban así de latosos hostigamientos para escribir prólogos y acompañar actividades solidarias de insignificantes brindis y pergaminos “agradecedores”. Al final alegaron con resignación que en eso consistía la gravosa factura que la farándula literaria demandaba.

Ante las argumentaciones de mis compañeros traté de no dar tanta importancia al evento aunque fui a acostarme bastante intrigado. No podía dormir, decidí leer los versos ganadores del XI Concurso de Poesía “Voces Nuevas”, leí con atención cada uno de los poemas, los de los ganadores desconocidos los comparé con los de las menciones que habían ganado los chicos del taller, eran distintos. Entre los cuatro misteriosos ganadores tampoco hallé parecido alguno aunque, a su modo, trataban temas similares, ¿quién no incide casi en la misma temática entre los veinte y los treinta años? No sé, pensé que estaba alucinando, decidí dejar el asunto en paz y fui a dormir.

Al otro día hallé en mi correo electrónico un enlace que procedía de una ahora reconocida revista literaria que en sus inicios circulaba a nivel under: Palabra robada. No me extrañaba esto, pues, había ocasiones en que colaboraba con algunas revistas con artículos o entrevistas. De ésta en particular, llevaba tiempo esperando que aceptaran publicar un artículo sobre poetas periféricos que venía preparando con la gente del taller desde hacía meses. Di click al enlace y éste me condujo a la sección literaria de narrativa. El título rezaba Cuentos ganadores del concurso Letra Muerta. Databa de dos meses atrás. El título ganador del primer puesto era Voces Nuevas, el autor, Ardo Valor. El argumento trataba de personajes que habían ganado un concurso de poesía llamado, al igual que el nuestro, “Voces nuevas”. Coincidencia, me dije, y seguí leyendo. Cada uno de los ganadores exponía la vivencia de su preparación para el concurso. Esto me había parecido sumamente extraño, comparé el nombre de los personajes con el de los ganadores del concurso de poesía y eran exactamente los mismos, hasta los del par de miembros del taller que habían ganado la segunda y tercera mención. El relato empezaba en forma de entrevista, las voces de los seis ganadores contando sus experiencias, lo llamativo fue que todos utilizaran el mismo registro, es decir, una sola voz. Un detalle que se le ha pasado al narrador novato, me dije, mas pronto deduje que se trataba de un recurso narrativo utilizado muy a propósito y con exageración. Luego, una narrador cuenta la historia de un crítico y dos poetas, pensé en mí, en Vitorio y Sandro; no tardé en reconocer que como intertexto el cuento citaba parte de poemas de ambos y de alguna crítica que yo había escrito al respecto en un suplemento cultural, perdí mañana y media buscando los textos, al encontrarlos comparé las citas con ellos, después me percaté de que los poemas ganadores del XI Concurso “Voces nuevas” exponían exactamente esas mismas ideas mediante juegos de palabras que ya no vale la pena referir. ¿Era acaso este relato un mensaje para mí, y probablemente también para mis dos amigos? Les mandé un mail preguntándoles por el correo, me confirmaron haberlo recibido de la edición online de Palabra Robada, al igual que yo.

Seguí leyendo el cuento, al final, continuaban los segmentos de las seis voces de los concursantes, respondían a alguna pregunta general como si fuera parte de una entrevista a la fueron sometidos, cada cual reveló su versión de los hechos, recurso harto trillado, me dije. La pregunta estaba velada, las respuestas de los entrevistados la prefiguraban; todos coinciden en el momento de confesar un trato o pacto con un tipo que les “había pasado buena plata” a cambio de su identidad, lo siguiente habría consistido en una invitación a un brindis del cual parecía importante puntualizar “mucha comida y vino”.

Terminé de leer el relato totalmente absorto. Caí en cuenta de que en el cuento un solo autor se alzó con absolutamente todos los premios del concurso de poesía "Voces Nuevas" y tal como lo presumía éste, también había ocurrido eso con el concurso real. Mucho después, conjeturamos con Victorio, Sandro que el autor del cuento era aquel Franco del taller de poesía “Los quebrantahuesos” de nuestras iniciaciones literarias por las notas al pie de página del relato (hechas a propósito a la manera de Yo El Supremo, imagino que para dejar en claro que él era el supremo) que esbozaban la travesía del narrador (¿autor?) por un taller del cual había sido miembro por casi un año “hasta que fuera echado por los tipos que conforman el jurado de este concurso”.