Entradas populares

Vistas de página en total

miércoles, 18 de febrero de 2009

El concursante




5/02/09

En mis inicios, siempre había envidiado a Franco, era a todas luces talentoso, intuitivo, inteligente y definitivamente, escribía mejor que todos nosotros. Que nos conociéramos fue casual al igual que haber signado de manera tácita mi destino. En ese tiempo éramos Sandro, Vitorio y yo quienes más flirteábamos con el quehacer literario juvenil de la época que desvelaba nuestros primeros versos de amor y relatos de alguna aventura (o desventura). Habíamos sido amigos desde el colegio. Si fuimos compañeros fue por el descuento en la cuota que les hacían a los hijos de profesores, eso me procuró la suerte de educarme en un colegio costoso y prestigioso.

Sandro y Vitorio se habían erigido como los líderes fundadores del taller literario “Los quebrantahuesos” que se llevaba a cabo en un sórdido antro que pretendía ser en ocasiones un centro cultural. Sandro y Vitorio eran de familia adinerada, yo no.

El taller literario “Los quebrantahuesos” en sus inicios pretendía hacer frente al pequeño círculo de literatos reconocidos que conformaba el universo literario de nuestra localidad, universo pequeño del cual más tarde (sin saber cómo) acabaríamos siendo el astro más resplandeciente.

Éramos ingenuamente felices sabiéndonos diferentes hasta que se había unido al taller Franco. Al principio parecía asentir con la mirada a cada lectura, a cada comentario, se mantenía callado y abstraído con su indiferente imagen de obligado cigarrillo, barba, maraña de melena y raídas prendas. A nuestro taller asistían muchos tipos así. Sandro, Vitorio y yo, lucíamos así, más que nada para contrastar con el aspecto delicado y sobrio de la elite literaria local. Yo hasta encajaba con esa requerida imagen de neohippie que asumíamos: era un tipo clase media, viajero de micro, había crecido en un barrio donde sin empleos que los exigiera a acicalarse, casi todos llevaban barba, pelo descuidado, ropas gastadas. Para Sandro y Vitorio, sin embargo, el ser rebelde demandaba disfrazarse de hippie para disimular sus orígenes. En el taller además de dar cierta importancia a estas cosas leíamos nuestras obras sentados en el piso, entre pausas de terere y nubes de cigarrillo, comentábamos textos de malditos, benditos, consagrados y desangrados escritores, los crucificábamos o los erigíamos como ídolos. Las estrellas indiscutibles del taller eran Vitorio y Sandro, siempre aplaudidos, seguidos, loados y comentados. Yo leía todo lo que me recomendasen ellos, muchas veces porque la única manera de leer ciertos libros era si ellos me los prestaban. Me guarecía bajo la sombra que proyectaban ambos, inmediatamente después de la de sus novias, cuyos efervescentes manifiestos feministas conseguían apenas hacernos eructar a los demás miembros uno que otro verso mediocre, amparados en la benevolencia que a ellas, las musas, se les concedía. Pero desde la llegada de Franco muchas cosas cambiarían empezando por la vergüenza que cada uno de nosotros sintió esa primera vez que él leyó algo suyo. Después de asistir al taller durante casi dos meses, una noche lluviosa que había contado con la asistencia de solo siete de los quince que solíamos ser, Franco se animó a leernos dos poemas suyos. Las expresiones de Victorio y Sandro mutaron a una palidez delatando una extraña e incómoda inquietud quizá solo por mí advertida. Trataron de disimular su asombro con cumplidos tartamudeantes y escuetos pero de inmediato percibí que eran conscientes de que los versos de Franco eran lo mejor que se había leído desde aquel poema (en exceso celebrado) de Sandro que había sido publicado en una revista literaria. Yo conocía esa expresión de mis dos amigos, con el tiempo había descifrado el significado de sus miradas, me la habían echado esa vez que la profesora de literatura eligió mi ensayo para leer a fin de año y cuando me gané una mención en el concurso de comentarios “Voces Jóvenes”, mis obras nunca habían sido compartidas en nuestro taller por una supuesta falta de tiempo, absolutamente justificado con la lectura de autores más importantes que yo, por supuesto. Sin embargo para mí, los poemas de Franco habían sido como un hálito de céfiro. Sentí una turbación inocultable, el brillo de mis ojos y la sonrisa idiota en mi rostro me delataban, Sandro y Vitorio me lanzaron esa otra mirada, la de reproche, conocida mía desde la infancia.

Franco, a pesar de la tibia recepción de sus obras por los líderes del taller continuó leyéndolas cada viernes. En una ocasión, había llegado con un librito para cada uno de nosotros con dedicatoria y todo, confeccionado por él mismo, muy bien hecho, con ilustraciones de la ahora famosa artista plástica Sofía (novia de su juventud). Aún tengo el mío, la dedicatoria dice: “Para el lívido Tildo, con afecto”. Era de poesías, y al final cerraba con dos cuentos. Algo único, muy superior a toda producción parida en el taller. Presumo que después de leer el libro de Franco me había resignado a ser crítico, qué sé yo, alguna influencia – malévola y apocalíptica- tuvieron sobre mí sus Doce simples poemas y dos relatos. Después de ese obsequio, lo bueno había sido que todos y especialmente Vitorio y Sandro, se esmeraban cada vez más para seguir sobresaliendo en el taller, hasta dieron importancia a unos versos viejos míos y me animaron a leerlos, ponderándolos como nunca antes; lo malo, que tales esfuerzos resultaban vanos; cualquier elogio, pueril e ilusorio ante la avasalladora fuerza de los versos de Franco. Franco, de a poco iba soltando críticas, al principio con cierta indulgencia –advertida por todos- para luego ir desnudando cada una de nuestras falencias de manera sencilla, sin pretensiones de menoscabarnos. Los valientes siguieron leyendo ante Franco, tomaban en cuenta sus consejos, preferidos ante los de Sandro y Vitorio que fueron dejados de lado. Sandro y Vitorio se cuidaban de exponerse, solo a veces leían sus obras, si obtenían alguna crítica de Franco, así fuera ésta mínima, lo confrontaban amonestando ásperamente y sin justificación las suyas, esto con el tiempo, imagino que terminó hastiando a Franco. En cierta ocasión, ante las réplicas fuera de lugar y cizañeras de los líderes del taller al llegarle el turno de criticar las obras de ambos fue inmisericorde, (sin faltar en ningún momento a la verdad), luego se puso de pie y con sobriedad (y con cierta arrogancia) dijo que su obra era mucho mejor la de ellos y que ambos lo sabían mas no querían reconocerlo. Todos quedamos sin palabras, se levantó la sesión momificada en el silencio de furtivas miradas y parcos murmullos. Luego de esto Franco desapareció. Mucho después me enteré que Victorio y Sandro lo habían echado del taller, ese secreto me lo había revelado Taia, la loca novia de Sandro. Algunas veces, poco después de la desaparición de Franco creí leer algunos poemas suyos bajo diferentes seudónimos en blogs de sitios literarios, en algunas revistas online creí reconocer el poder de su verso devorándose con camaleónica pericia a los insectos retóricos que osaran cruzarse en su camino. Mis poemas jamás habían tenido oportunidad de ser publicados, en parte, fue esa otra de las razones por las cuales me incliné más hacia la crítica y a los comentarios. Continué asilándome bajo la sombra de Vitorio y Sandro, me movía en los recovecos literarios como la afortunada rata que en vez de ser matada a palos había sido adoptada como la mascota condenada a rodar el círculo del purgatorio literario.

Cuando nuestro taller fue consumiéndose en el olvido migramos al taller “Voces nuevas” dirigido por una de las vacas sagradas de la literatura local. Vaca que lucía como una holandesa inflamada de lácteas coplas, ideales para nuestras carencias literarias. Con el tiempo se hizo novia de Sandro. Pronto fue posible para nosotros asistir a todo ágape de cuentos, de poesía, de cine; tuvimos pase libre a embajadas, conciertos, y encuentros con el más allá: así me conseguí unas becas (y saliendo con la hermana fea de la novia de Sandro, claro), sacrificios literarios, los llamaba yo.

Puedo decir que me hice un lugar en el rinconcito literario local, tuve licencia para publicar notables estudios de crítica gracias a dos (odiosas) maestrías que cursé en la madre patria. Mi afición a la literatura y mi amistad con Vitorio y Sandro, ahora importantes paladines de las letras, se habían convertido en una especie de simbiosis de la cual todos nos nutríamos: yo alababa sus obras, ellos seguían cediéndome sus mujeres y amables pases a la cultura.

Pasado el tiempo constituimos el comité directivo del taller literario, el más reconocido de la ciudad. Organizábamos concursos de los cuales habitualmente nosotros mismos -juntos o separados- conformábamos el jurado. El concurso de poesía era el más esperado, uno de los pocos llevados a cabo y el más dadivoso, auspiciado por solidarios entes estatales y embajadas primer mundistas. Como crítico puedo afirmar que pocas veces leía cosas interesantes en estos concursos, casi siempre se presentaba gente de nuestro taller con aburridos, desabridos y predecibles versos. Sandro y Vitorio nunca arriesgaban a elegir “voces nuevas” a pesar de que el taller y el concurso se llamaban así. Al menos, con el tiempo, hacían caso a mis preferencias: era yo el de las maestrías y doctorado, y el contacto con eventos y escritores internacionales.

Cada año se presentaban al concurso más que nada, escritores conocidos a los cuales por lo menos por respeto adjudicábamos uno que otro galardón y otros cuantos a los que eliminábamos al saber que serían posible competencia para la elite.

La XI edición de “Voces nuevas” había sido mi preferida. Con meses de antelación habíamos leído las obras y sin riesgo a equivocarnos, era acaso la primera vez que aparecían textos de tanta calidad y lucidez. Hacía tanto tiempo que leía cosas acartonadas cuan caldo en cubitos, patentemente desechables pero desesperadamente necesarias para llenar la panza, sí, solo para llenar la panza, no voy a decir la cabeza o el corazón. Con esta edición del concurso había recuperado el olvidado sabor a leer, a palpar cada palabra, a disfrutar de cada verso, a acelerar el pálpito del corazón y a sucumbir al entusiasmo hasta el punto de salir a la calle a mirar una realidad distinta que me había sido velada. A Vitorio y a Sandro les había pasado algo similar, lo noté en sus miradas aunque pretendieran disimular el asombro ante tanto despliegue de talento como en ningún otro año había ocurrido. Convenimos en establecer los ganadores considerando la variedad. Comentamos sobre lo llamativo de tan abismal pluralidad y de tan buena calidad. Establecimos los premios en el orden correspondiente, procedimos a develar las identidades de los concursantes. El primer lugar correspondió a Anastasia Benítez, de treinta años, desconocida para nosotros. El segundo y tercer lugar los ganaron dos tipos igual de incógnitos para nosotros que la primera, Carlos González y Dionisio Gómez, de veinticinco y veintisiete años, respectivamente. Las menciones fueron otorgadas a otro chico desconocido para nosotros y a dos más que alguna vez habíamos visto rondar el taller de poesía.

El día de la premiación aparecieron los ganadores y todo fue encantador, jubiloso y chispeante. Me acerqué a ellos, les di mi autógrafo (me lo habían pedido) intenté conversar con alguno, me parecieron totalmente extraviados en el ambiente. A Anastasia, la ganadora le pregunté quiénes habían sido sus influencias y no supo responderme, por decir algo habló del clima, tragándose o trasmutando eses y sin concordancia entre género y número, especulé que estaba borracha. Finalmente dijo: “diculpe señor”, “voy a tomar coca, parece bien helado”, y fue a atacar la mesa de bocaditos dejándome con la palabra en la boca. Anastasia lucía pálida, había olvidado ponerse el corpiño, revelaba las ubres de quien ha sido madre muchas veces, vestía mal y no me refiero con eso a como una seudo hippie. Los otros ganadores, en distintos ángulos disfrutaban opíparamente del brindis, los libros que contenían sus obras publicadas fueron dejados como al descuido en un sitio, unos, otros los guardaron en sus mochilas sin siquiera revisarlos. Quise acercarme a hablar con ellos pero parecían evadirme, logré conversar con el que había obtenido la primera mención, dijo que venía del interior del país, que era su primera vez en Asunción, al rato pretextó ir al baño. Me pregunté si yo estaba tan fuera de la moda literaria juvenil, atribuí la indiferencia que me mostraban a eso, recordé que nosotros mismos habíamos actuado así cuando jóvenes ante los escritores reconocidos de antaño. Se portaban raro, escribían raro, qué más, lo único coherente que habían hecho fue pedirme un autógrafo, aunque lo habían ejecutado como si se tratara de una misión mandada. Fui a preguntarles a Sandro y a Vitorio si habían hablado con alguno de los ganadores, ellos alegaron estar cansados para esas cosas, las relaciones sociales con escritores principiantes los importunaba, para Vitorio y Sandro todos eran unos fanfarrones chupamedias que habían estudiado con pericia las obras del jurado para así ganar el concurso y que si hablaban con ellos, probablemente, terminarían recitándoles sus únicos poemas famosos -con moraleja- que figuraba en los libros de literatura de secundaria, les darían consejos y profesarían una observación muy aguda creyendo comprender y conectarse con el alma del poeta; por haberse ganado un premio literario se comportarían como par de ellos bombardeando sus direcciones electrónicas y blogs, los saludarían en todas partes: en un bar o en un burdel, intentando socavarles opiniones, libros y demás. Vitorio y Sandro solo estaban contentos de que los ganadores no fueran miembros del taller literario, se libraban así de latosos hostigamientos para escribir prólogos y acompañar actividades solidarias de insignificantes brindis y pergaminos “agradecedores”. Al final alegaron con resignación que en eso consistía la gravosa factura que la farándula literaria demandaba.

Ante las argumentaciones de mis compañeros traté de no dar tanta importancia al evento aunque fui a acostarme bastante intrigado. No podía dormir, decidí leer los versos ganadores del XI Concurso de Poesía “Voces Nuevas”, leí con atención cada uno de los poemas, los de los ganadores desconocidos los comparé con los de las menciones que habían ganado los chicos del taller, eran distintos. Entre los cuatro misteriosos ganadores tampoco hallé parecido alguno aunque, a su modo, trataban temas similares, ¿quién no incide casi en la misma temática entre los veinte y los treinta años? No sé, pensé que estaba alucinando, decidí dejar el asunto en paz y fui a dormir.

Al otro día hallé en mi correo electrónico un enlace que procedía de una ahora reconocida revista literaria que en sus inicios circulaba a nivel under: Palabra robada. No me extrañaba esto, pues, había ocasiones en que colaboraba con algunas revistas con artículos o entrevistas. De ésta en particular, llevaba tiempo esperando que aceptaran publicar un artículo sobre poetas periféricos que venía preparando con la gente del taller desde hacía meses. Di click al enlace y éste me condujo a la sección literaria de narrativa. El título rezaba Cuentos ganadores del concurso Letra Muerta. Databa de dos meses atrás. El título ganador del primer puesto era Voces Nuevas, el autor, Ardo Valor. El argumento trataba de personajes que habían ganado un concurso de poesía llamado, al igual que el nuestro, “Voces nuevas”. Coincidencia, me dije, y seguí leyendo. Cada uno de los ganadores exponía la vivencia de su preparación para el concurso. Esto me había parecido sumamente extraño, comparé el nombre de los personajes con el de los ganadores del concurso de poesía y eran exactamente los mismos, hasta los del par de miembros del taller que habían ganado la segunda y tercera mención. El relato empezaba en forma de entrevista, las voces de los seis ganadores contando sus experiencias, lo llamativo fue que todos utilizaran el mismo registro, es decir, una sola voz. Un detalle que se le ha pasado al narrador novato, me dije, mas pronto deduje que se trataba de un recurso narrativo utilizado muy a propósito y con exageración. Luego, una narrador cuenta la historia de un crítico y dos poetas, pensé en mí, en Vitorio y Sandro; no tardé en reconocer que como intertexto el cuento citaba parte de poemas de ambos y de alguna crítica que yo había escrito al respecto en un suplemento cultural, perdí mañana y media buscando los textos, al encontrarlos comparé las citas con ellos, después me percaté de que los poemas ganadores del XI Concurso “Voces nuevas” exponían exactamente esas mismas ideas mediante juegos de palabras que ya no vale la pena referir. ¿Era acaso este relato un mensaje para mí, y probablemente también para mis dos amigos? Les mandé un mail preguntándoles por el correo, me confirmaron haberlo recibido de la edición online de Palabra Robada, al igual que yo.

Seguí leyendo el cuento, al final, continuaban los segmentos de las seis voces de los concursantes, respondían a alguna pregunta general como si fuera parte de una entrevista a la fueron sometidos, cada cual reveló su versión de los hechos, recurso harto trillado, me dije. La pregunta estaba velada, las respuestas de los entrevistados la prefiguraban; todos coinciden en el momento de confesar un trato o pacto con un tipo que les “había pasado buena plata” a cambio de su identidad, lo siguiente habría consistido en una invitación a un brindis del cual parecía importante puntualizar “mucha comida y vino”.

Terminé de leer el relato totalmente absorto. Caí en cuenta de que en el cuento un solo autor se alzó con absolutamente todos los premios del concurso de poesía "Voces Nuevas" y tal como lo presumía éste, también había ocurrido eso con el concurso real. Mucho después, conjeturamos con Victorio, Sandro que el autor del cuento era aquel Franco del taller de poesía “Los quebrantahuesos” de nuestras iniciaciones literarias por las notas al pie de página del relato (hechas a propósito a la manera de Yo El Supremo, imagino que para dejar en claro que él era el supremo) que esbozaban la travesía del narrador (¿autor?) por un taller del cual había sido miembro por casi un año “hasta que fuera echado por los tipos que conforman el jurado de este concurso”.