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viernes, 5 de junio de 2009

EL DOBLADOR


(..)No entiendo cómo es que no me daba cuenta antes, cuando era una niña, que la voz que tenía Terminator, en realidad, es la misma que la de Homero :S
(…)Los Simpson (y me causó mucho (gusto) verlo en tu posteo también) es una serie que siempre miro y en inglés es horrible…

- ¿Qué le parece que los Premios Oscar hayan aceptado la petición de incluir un galardón para los actores de doblaje?

Tendréis que empezar en el mismo momento en que empiece la voz original, pero mirando lo que pasa en la pantalla, para no olvidar las pausas o los gestos importantes. Para poder oír vuestras voces mientras dobláis la escena, es mejor que bajéis el volumen del original. Tened en cuenta que el día de la Final, tendréis que hacerlo primero oyendo la voz en japonés a modo de prueba, pero después sin oírlo para la grabación definitiva. ¡Sólo necesitáis un poco de práctica!


Como simple traductora (no soy escritora) mi historia será también simple aunque mi intención sea compleja al tratar de narrar este episodio de la vida de éste personaje a quien tuve la suerte de conocer por esas cosas que el azar concede.

Cuando conocí a éste tipo tan peculiar me encontraba en un antro de mala muerte junto a Constantino con quien trabajaríamos la traducción de un cortometraje. Queríamos pasar un doblaje de voz del inglés al guarani porque era algo que no se había intentado aún, los subtítulos irían en español, algo trilingüe, sería.

El corto era de un yanki- paraguayo, proponía como signo de comunicación el icono del tereré sin fronteras. Narraba episodio de un tipo paraguayo que recorre las cálidas playas de Malibu con su terere, a través de esta bebida, que invita a todo aquél bañista sediento, socializa fácilmente con la gente y hasta se consigue una chica hermosa. No gozaba de reconocimiento alguno el corto pero al menos había recorrido algunos festivales de cine. Después del revuelo que significara Hamaca Paraguaya, se sentían con confianza los perros de abordar otro tema paraguayo. Constantino había contactado con el realizador del corto. Al tipo le pareció fabulosa la idea de la del doblaje, más aún después de comentarle que sería exhibida en el festival de cine de Asunción y con miras de ir a Buenos Aires, Venezuela, Colombia y algunos países de exaltación americanista en auge.

Mientras hablábamos de todo eso y Constantino me entregaba sus traducciones al guarani, (yo me haría cargo de los subtítulos en español), comentamos lo difícil que sería hallar dobladores en guaraní. El tema del doblaje no sería fácil, tenían que ser dobladores guarani hablantes. Debatíamos todo eso cuando imprevistamente, el tipo de semblante taciturno que estaba bebiendo en la esquina intervino en nuestra conversación haciendo referencia a las dificultades que implicaba el doblaje de voces.

Por el español que hablaba nos dimos cuenta de que no era de por acá. Un acento neutral que no pudimos identificar de dónde sería. La siguiente cerveza la bebió en nuestra mesa, cortesía nuestra para continuar la charla. Advertimos que el tipo no estaba diciendo tonterías, sabía de lo que hablaba. No quisimos preguntar qué dónde era, de una frase que citó posteriormente haríamos nuestras deducciones: -Germán Robles asegura que el doblaje en México es el mejor del mundo “Es plano en su color pero rico en cadencia”, eso dijo el maestro, dijo el extranjero. Apenas llegué a casa investigué en la web, afloraron informaciones sobre el tema. Tenía razón el taciturno hombrecito.

El tipito, que se hacía llamar Charro, estaba siempre con una actitud esquiva, furtiva, meditabunda, parecía esconder alguna historia triste o prohibida o simplemente estaba fastidiado a tal punto de no quedarle nada más en la vida que emborracharse y desaparecer sin que nadie lo percibiera. Fumaba indiferente con cierto dejo de vergüenza o timidez indefinible del todo. La primera noche dijo que iba a comprar cigarrillos y no regresó. Al otro día lo encontramos en el mismo barcito cabizbajo y apesadumbrado, pronto descubrimos que rastrearlo no era difícil: Asunción es una ciudad con una zona de Mariachis bien delimitada, su último refugio ante el asalto de las nostalgias que lo escindían en congojas de borrachera.

Me hice amiga suya, incluso fui algunas veces a su departamento, tenía un lugar casi decente, ordenado. Apenas ostentaba unas sábanas y otras pocas ropas, un televisor y un equipo de DVD, de esos baratitos que se compran por ahí. Nunca pude observar bien el sitio siempre en penumbra el cual abandonábamos con cierta enigmática premura en breves instantes. Ese fue el único lugar que le conocí como residencia, después se había mudado como cuatro veces más, creo, ni me molesté en conocer sus posteriores hospedajes.

En una ocasión decidió invitarme a ver El purgatorio. Era una película entre género de terror y gore, relativamente buena en la producción, hecha a manera de documental, de calidad tolerable; de los ochenta, más o menos. A esta primera película siguieron otras del mismo género que me prestó para verlas en casa: El baldío, Rapsodas de ultratumba, Purulento engendro terco, , Las bestias conformes, Colonia penitenciaria, y mis favoritas, Suturas apocalípticas, Travesías góticas y El carnicero políglota. Alguno de estos filmes los había visto de niña, con sus correspondientes subtítulos in spanish en la época en que mi hermanito lograba contagiarme su entusiasmo el cine bizarro más que mis púberes amigas y sus películas de arrebatos adolescentes tipo Clueless. Otros filmes que me pasó no habrían llegado a Paraguay ni remotamente aunque habían sido muy famosos en USA, en México y otros países. Pude captar el mensaje que intentaba transmitirme: que yo podía hacer carrera como traductora de guiones hasta en un género, como el visceral que tenía su público y generaba ganancias aunque estuviese exento de la parafernalia de los Academy Awards. Me extrañó ver que los doblajes de estas películas al español existían casi a la par que los subtítulos amarillos a los que se debían someter a leerlos en caso de no entender el inglés freak.

Me hice amiga de Charro, me hice íntima amiga suya, hasta enredarlo en mis sábanas algunas noches en las que el miedo no me dejó más opción que refugiarme en sus brazos. Charro a veces se llamaba Mario, o Ramón. Con el tiempo aprendí todos sus sobrenombres y lo encontraba a pesar de que cambiara de casa o desapareciera por semanas, o él me encontraba (a pesar de seguir siendo yo misma, indefectiblemente). Con el tiempo tuvo algo de confianza en mí, confianza al punto de permitirse tomar un desayuno en la cama conmigo sin escabullirse a mitad de madrugada mientras yo dormía. El tipo era un misterio. No hacía nada pero siempre tenía dinero, al menos dinero suficiente para sobrevivir y pagarse alquileres, hospedajes y viajes al interior del país, según decía.

Charro sabía mucho de cine, gustaba del teatro, siempre íbamos a las obras que estuviesen en cartelera y también a la ópera, a muestras de cine arte, exposiciones de pinturas y a todo tipo de manifestaciones bohemias o fiestas. Recuerdo una ocasión en la cual estábamos en un cumpleaños de quince, no tuvo reparos en unirse a cantar con el mariachi a todo pulmón, como todo un profesional. Me sorprendió al punto de cautivarme por completo y conmoverme hasta las lágrimas.

Recién ahora adquiere sentido toda esa serie de filmes musicales que vimos. Me decía que habían sido muy famosos en su época y que pocas personas tienen la capacidad de doblar musicales, que era lo más difícil del mundo, que se necesitaba clases de canto, estudios de música y hasta conocimiento de baile y ni hablar de los que debían doblar a raperos o cantantes de hard rock, películas si bien no tendrían nominaciones para premios importantes requerían de dobladores expertos para pasarlos a otros idiomas.

A Charro le sobraban los silencios insondables. Si compartíamos algunas cosas como nuestra afición al cine o al teatro, no iba más allá de eso. No había conversaciones de otros temas salvo los referentes a películas, documentales o series de tv. Recuerdo que decía los créditos de las películas son importantes pero que nunca están completos, alguna vez estarán completos, decía. Esto lo decía siempre al llegar a los créditos mientras los veía correr hasta el final, en enigmática contemplación, absorto.

Charro nunca hablaba mucho, no llevaba celular ni jamás daba número de teléfono alguno donde ubicarlo. Algunas veces lo observé dormido sujeto a un sueño pesado, me asustaban sus gemidos y algunas palabras incoherentes que detrás de heterogéneas voces articulaba entre babas y ronquidos. Llegué al punto de creer que era víctima de algún tipo de posesión demoníaca que se manifestaba indómita desde el más allá. Después de ver tantas películas de terror, me arrebataban dudas de trascendencia paranormal y metafísica, supersticiones; compresible ante la alarmante colección de películas de miedo a las que parecía ser devoto Charro. Voces infernales se colaban por su garganta sucediéndose en tono de protestas y reclamos. No lograba entenderlas, Charro se limitaba a decir que había tenido una pesadilla, un mal sueño. Con el tiempo no sé si el miedo o la rutina fueron alejándome de él. Dejé de buscarlo, tampoco volvió a buscarme. Muchas de sus películas se habían quedado en mi casa. Semana tras semana tenía la esperanza de que volviera a retirarlas, aunque en esos momentos lo prefería lejos de mí.

Debo confesar que pasaron muchos meses hasta que decidí rastrearlo en los antros de siempre. No había pistas de él. En esa época se concretaron las traducciones del corto y me metí de lleno a trabajar, entonces no me afectaba tanto su ausencia, una vez concluido el trabajo, decidí buscarlo nuevamente y mejor.

Vano fue fatigar internet intentando ubicarlo en algún perfil sitios o direcciones de e.mail. ¿Qué sabía yo del tipo? Nada, salvo que era un mexicano que sabía algo de doblajes, que había sido un buen amante que me prestaba muchas películas, que hablaba en sueños, probablemente, poseso. Su desaparición fue tan misteriosa como el primer encuentro que tuvimos. Nadie sabía nada de Charro, de Ramón o Mario, o del mexicano, como también lo llamaban solo después de saber que era uno de ellos.

El proyecto del corto metraje doblado del inglés al guarani y subtitulado en español fue bien recibido, nuestra parte había terminado y otros se encargarían ejecutar lo demás. Habíamos invertido dinero pero valía la pena la satisfacción que nos brindaba la realización del proyecto. En pocos meses estaría listo el corto y sería exhibido en el festival de cine de Asunción.

Una mañana hallé un comentario de felicitaciones en mi blog por concretar el proyecto: “Te felicito por el logro del corto, puedo reconocer tu trabajo aunque no aparezca tu nombre en los créditos”. Esa frase lo delató. Sabía que había sido Charro quien había escrito ese comentario.

Seguí escribiendo blogs que actualizaban mis trabajos y proyectos. Trabajaba en traducciones de documentales, sobre todo. Había conseguido algunos encargos de una empresa que intentaba ser la Palmera Record paraguaya. Se llamaba Pindó Record (sí, ya sé, demasiado copiona), operaba desde Argentina y últimamente me daba trabajo.

En otra ocasión, mucho después de ese comentario que suponía yo, era de Charro, recibí más felicitaciones en mi blog por mis traducciones y entre ellos comentarios y citas enteras de los textos que hacía poco tiempo había yo traducido para ciertos documentales de antropología de nativos del chaco paraguayo que eran doblados al español. Documentales demasiado recientes para haber sido exhibidos al público, solo en Pindó Record lo pudo haber visto quien quiera que haya sido. Decía el comentario: “(...) aunque no aparezca tu nombre, reconozco tu traducción. Conozco tu lenguaje, conozco tu expresión”. Eso aportó una importante información a lo que después descubriría.

Me enviaron, de Pindó Record, como era correspondiente, el documental Chaco paraguayo doblado al español, he ahí mi texto magníficamente interpretado, un acento neutral de voz cálida cuyo timbre y cadencia me sonaba conocida. Casi no me cabía duda, era la voz era la del Charro. ¿Cómo estar del todo segura? Moví mis contactos en Pindó Record y alguien dijo que un mexicano era el que doblaba los documentales. Viajé hasta Buenos Aires, ansiosa ante el irreprimible impulso de encontrar Charro.

Conseguí una dirección a nombre de Ramón Valdés y decidí abordarlo a la salida de lo que parecía ser su hospedaje. Me reconoció de inmediato. Me envolvió en un cálido abrazo y corrimos a su hotel. Me dijo que se dedicaba a hacer doblajes de voz desde hacía tiempo. Pasé una semana inolvidable con él, tuve que regresar a Asunción por razones laborales. En ese momento de excitación y desbordante pasión no alcancé a vislumbrar cuál era el alcance de ese tiempo que llevaba habiendo doblajes al que se refería tan vagamente Charro. Al despedirse Ramón, Mario o como fuese que se llamaba Charro, me dijo: “Acuérdate de exigir que se reconozca tu trabajo. Pide que aparezca tu nombre en los créditos” - y después, en un tono de broma – “sin mí, muchos actores, directores ni películas habrían saltado a la fama o sido éxito de taquilla”. Y casi llegaba a sonreír velando la mirada mientras pronunciaba lenta y suavemente estas palabras fumando triste y absorto en esa timidez que tanto me fascinaba.

Después de eso no volví a hablar con Charro. Un día me enteré de que se buscaba a un famoso doblador de voces mexicano prófugo de la justicia desde hacía años. La noticia me llegó por un e.mail de Constantino. Él, dedujo que Ramón, el Charro, era el famoso doblador de voces prófugo y buscado. Dijo que corría tras él una demanda por incumplimiento de contrato, me pasó el enlace de la crónica. La noticia decía que por culpa del doble conocido como Humberto Torres, había ido a la quiebra una importante productora de traducciones, subtítulos y doblajes. Una conocida productora de filmes de terror, derivada de un gran estudio de cine hollywoodense sostenía una demanda de millones de dólares contra la productora de doblajes, por pérdidas económicas y de popularidad ocasionadas al haber cambiado al que doblaba la voz de importantes personajes de tv y películas de todo género durante dos décadas.

Hoy no tengo idea de qué habrá pasado con Charro. Me puse a ver las películas de su colección que habían quedado en casa, otras, las fui consiguiendo tras investigar las producciones del estudio demandante. A veces, creo reconocer alguna de las voces que habría doblado. Es increíble la capacidad que tenía para hacer tonos que podían representar voces de niños, adolescentes, monstruos y ancianos. Debo admitir que reconocí más fácilmente la voz de los musicales, tenía fresca en el recuerdo la voz que se sumó al mariachi en aquél quince años, pero cómo olvidar las voces de ultratumba cuyos estertores habían perturbado mi sueño en varias ocasiones, las reconocí en las películas de terror, que veía solo de vez en cuando, con mi hermano, para recordar viejos tiempos.