
Conocí a Dana alguna vez en una fiesta privada. A simple vista, otro par de buenos globos inflados que se alquilan para animar reuniones de ejecutivos estresados. Linda mujer, algo sexy y misteriosa. Pésima amante para mi gusto aunque en más de una ocasión terminé amaneciendo a su lado.
Una vez la vi en la barra de un pub, yo estaba con mi amigo Gerardo. La invitamos a acompañarnos a tomar unos tragos, en parte porque a Gerardo le había atraído mucho la chica. Gerardo siempre había sido sentimental y pudoroso, por lo tanto no quise contarle que a Dana yo conocía de andanzas turbias. Tampoco quería revelar que yo tenía esas costumbres, o sea, no a Gerardo, el pudoroso. Gerardo y Dana de inmediato congeniaron y él, apasionado bohemio de la música, empezó a hablar de su banda de rock, de sus canciones y a tararear algunas letras. Algo llamativo (para mí que al final me limitaba a oír el entusiasta diálogo de ambos) fue que Dana parecía saber bastante de rock, o en todo caso, de música. A mí, que solo las composiciones de Bartok, Stockhausen o Berio me atraían, nunca sabía qué opinar sobre bandas de rock o música popular, me eran indiferentes y quedaba callado mirando el vacío.
Otro día cualquiera, Gerardo me contaba que Dana cantaba en un templo. Al decir eso pensé: evangélico. Mi primera idea fue la de burlarme haciendo alusión al Centro de Adoración Familiar o algo así, pero no quise herir la sensibilidad de mi amigo. Gerardo, que era una especie de renegado de la religión, tenía el firme propósito de apartar del camino recto a Dana. Ahora que lo pienso hubiera sido fácil decirle a Gerardo: -No te preocupes amigo, ella ha tomado el atajo hace tiempo. Pero a veces la decidia de no decir a tiempo las cosas hace que el destino tome rumbos si bien predecibles ya imposibles de cambiar.
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En una fiesta de personas high se celebraba el cumpleaños de un amigo. Esa gente era propensa a todo tipo de desenfreno: drogas, orgías, mucho hedonismo, en fin, lo que el dinero permita. Dana era una de las bailarinas que animaba el show contoneándose sensualmente alrededor de un caño. Pasadas las horas y los estupefacientes y tragos, la vi hacer lo suyo con quienes así lo requirieran, debo decirlo, muy de mala gana. Creí pillar que me miraba de soslayo en ocasiones. Yo no alcanzaba a estar borracho así que tenía en claro casi todos los episodios de esa velada. Supuse que tampoco ella o si lo estaba sabía disimularlo bien. Su mirada parecía estar alerta y al tanto de todo, aunque la gente alrededor se hallara ya en éxtasis sobre excitada. Yo me retiré del sitio, al día siguiente me esperaban entrevistas, reuniones, etc. Para ese entonces había perdido de vista a Dana, cosa que poco importaba ya para esas horas de descontrol en que su cuerpo se limitaba a ser un objeto más de satisfacción, al igual que los tragos o las drogas que corrían en el lugar. Por un momento pensé en el inocente Gerardo, después me dije que no era asunto mío, además consideraba en cierta forma más preocupan te que ella fuera alguna especie de fanática religiosa a que estuviera en el negocio de la prostitución. Luego pensé que tal vez nunca se daría la ocasión en que yo la sorprendiera en algún culto convulsionando de fervor religioso con el mismo frenesí que lo hacía en las fiestas. Gerardo, me contaba, había tenido oportunidad de presenciar tal espectáculo de experiencia religiosa.
A Gerardo, el amor lo llevó al templo, a los sermones del pastor, a ser cómplice de ese circo de la fe donde todos parecían locos. Gerardo, indignado ante tanta estupidez colectiva, se desahogaba conmigo contándome lo que hacía esa manada de borregos encandilados. Yo escuchaba y me limitaba a decirle que algún beneficio habrían de obtener por eso acudían, o a veces solo alcanzaba a proferir la cínica cantaleta de "La fe mueve montañas" o cosas así. Gerardo estaba empeñado a sacar de ese círculo de locos a Dana.
Por otra parte, en alguna fiesta privada que siempre terminaba con el premio de las chicas pagadas, otra vez me tocó Dana como acompañante, por lo visto era una de las pocas prostitutas caras que esa agencia tenía, solo servicios de primera clase contrataban mis socios comerciales y Dana estaba presente en cada junta o reunión.
Esa noche estaba cansado, además, Dana no era de las que lograban estimularme, era hermosa, de buen cuerpo, hasta sensual a veces, pero no teníamos química. Imaginarla en el culto, cantando Aleluya hizo que una sonrisa disimulada se plasmara en mi rostro. Dana lo adivinaba quizá, es probable que mis ojos delataran cierto sarcasmo. Dana hizo el intento de levantar mi ánimo, yo, sabía que no lo haría, la miraba indiferente como si desconociera la simple y mera lujuria carnal que un cuerpo pagado despierta. Para no perder tiempo en soportar alguna escena y lloriqueos de orgullo herido le dije que me sentía enfermo, ella pareció comprender o quedar satisfecha con el pretexto, se metió una línea de coca y se sentó cansada sobre el sofá a fumar un cigarrillo. Le indiqué que podía dormir en la cama si así lo deseara, yo estaría preparando cosas del trabajo en la laptop. No era un adicto al trabajo, propiamente dicho, pero resultaba útil tener un pretexto así en la punta de la lengua para ocasiones como esta.
Observé dormir a Dana apoyada sobre su lado izquierdo. Parecía muerta, su respiración bastante tenue, casi apagada, su carne lívida y su faz inmutable transmitían un enigmático sosiego. Pensé que podría ser uno de esos casos de catalepsia. Empecé a imaginar qué haría si así se dieran las cosas. ¿Llamaría al 911, intentaría darle los primeros auxilios? Conociéndome, nada de eso haría, imagino. Decidí que sería interesante filmarla durmiendo, sin saber bien por qué. Coloqué dos filmadoras de mano que tenía y las dejé encendidas. Alcanzaría a capturar al menos un lapso de su sueño. Por mi parte, el cansancio me venció y había quedado dormido en el sofá.
Soñé con Dana todo esa noche. La veía orando con fervor en unos tramos, en otros, haciéndole felaciones a toda una junta de pastores mientras se oía repetir en voz solemne a cada uno cuando le llegaba el turno : este es el cordero de dios que quita los pecados del mundo. Por otro lado, aparecía Gerardo feliz, enamorado de Dana, dedicándole una canción y luego la misma escena pero con final opuesto: una canción llena de ira y odio reclamándole a Dana cosas indescifrables al oído.
Al poco tiempo de ese sueño, cual premonición, Gerardo se hizo famoso con el single: "Maldita oveja blanca". Fue un éxito inmediato. Otra canción de desamor cuyo desgarrador testimonio lograba transmitir todo el dolor que un mal romance deja para siempre en los corazones sensibles.
Volviendo a la historia de esa noche, cuando desperté Dana se había ido. Encontré cargado en la cuenta el servicio de desayuno. Dana también pidió una ración para mí. Agradecimiento de puta creyente practicando su obligada lección de caridad, me dije.
Gerardo siguió saliendo con Dana. Yo trataba de evitarlos, pues no sabía de qué hablar con ellos, me aburrían con sus temas musicales cristianos y su manía de recordar canciones de antes, Gerardo sacaba la guitarra y Dana tarareaba entregada a las notas más carrasposas y agudas. En los coros, siempre hacían dúos como si fueran Pimpinela, cosa que detestaba yo. El colmo para mí fue la ocasión en que decidieron hacer un popurrí de canciones de su culto, y no solo por las letras: me pareció en extremo ridículo que se pusieran a aplaudir y a bailar al son de aleluyas y loas al divino príncipe salvador. Desde esa vez me dije que Gerardo estaba volviéndose loco o que era extremadamente voluble, como sea, decidí alejarme de la pareja Flanders, que no fuera contagiosa cualquiera de sus aficiones.
Pasó el tiempo y Gerardo se hacía famoso en nuestro contexto musical gracias al tema "Maldita oveja blanca". Me había mandado un CD adjuntando la invitación al lanzamiento del álbum. Gerardo y su Yoko Ono hacían dúos en los temas cursis y empalagosos. No tardé en percibir que todos hacían alusión a temas religiosos, sin embargo "Maldita oveja blanca" parecía salir un poco de ese patrón al hablar de engaños, falacias, desencantos un tanto mundanos. El coro, repetido por todos decía: Loba feroz, disfrazada de cordero/, en tu albo regazo tejíamos el cuento./ Mas te vi rasurada y en hilo dental/ mientras destejías tu moral.
Descubrí que Gerardo no tenía ya banda sino era solista y que su manager era nada más y nada menos que Dana Morales. El CD había sido resultado de la caridad de los hermanos evangélicos. Asistí al lanzamiento en su nuevo centro de convenciones para diez mil personas, estuvo repleto. Gerardo era aclamado como una estrella de rock. Miles de fanáticos coreaban excitados el ya conocido coro y otras músicas más. "Maldita oveja blanca", era el hit del momento.
Gerardo, mi amigo de infancia era completamente feliz, se sentía querido, realizado, con fama. Luego del concierto hubo una fiesta privada a la que fui invitado. Qué puedo decir de esta gente. Todos se llamaban entre sí hermanos, no había drogas ni alcohol, solo bebían refrescos y cócteles de frutas, tenían sonrisas perfectas de propaganda de dentífrico. Gerardo y Dana concedían entrevistas con la amabilidad que todo principiante de la fama lo hace. Dana estaba vestida discretamente, decentemente, salvo que se considere escandaloso y pecado de vanidad la ostentación de tantas joyas caras y costosas marcas importadas de ropa de diseñador. Ese cuerpito desnudo cuya lujuria lucraba de noche estaba pudorosa y celosamente envuelto de pies a cabeza con los mejores trapos de la industria de la moda.
Felicité a Gerardo con toda la alegría que me era posible fingir. Él me reclamó mi lejanía desde hacía tiempo. Hubiese querido decirle: sí, desde que te vendiste a los cristianos me alejé, pero no era cosa de arruinarle la velada. Era la vida que había escogido y yo me había resignado a ser siempre neutral, a no emitir juicio alguno ante nada, a no intervenir en sus decisiones u opiniones. Dana lo hacía feliz desde que se conocieron. Ahora, parecía ocurrir lo mismo con esto de la fe, el culto, y claro está, la fama.
Pensé en el arte útil como eslogan. Tan usado en mi profesión de publicista, debía más bien observar y aprender en vez de criticar. Me dije que tal vez estimaba a Gerardo y por eso me hacía sentir cosas paradójicas el cambio radical de su vida. Nunca antes lo había visto descontento con su postura irreverente contra la religión. En el fondo siempre había admirado su franqueza y honestidad en luchar por su arte, por su música y sus creencias. Recordaba su duda y reniego a la religión, a la hipocresía que rodeaba a ese ambiente. Me acordé de esa ocasión en que me había caído en el colegio con el disco de Manson, a la vez en que se consiguió la Biblia Satánica de Lavey, o su etapa de adepto al black metal; esa ocasión en que fuimos al cementerio a jugar la tabla oija y que a mí me prefiguraban un futuro lleno de tropiezos y soledades. Yo tomaba todo esto como aventuras y vivencias, nunca había creído en una cosa u otra. Participaba tanto de exorcismos como de herejías y flagrancias a la religión sin que estas significaran nada para mi vida práctica, sin embargo Gerardo siempre había tomado con compromiso todas estas pequeñas irreverencias y transgresiones a las reglas: detestaba a los hipócritas borregos cristianos y por mucho tiempo jugó con ser un hijo de la oscuridad boicoteando con panfletos y grafitis jornadas de nuestra época de adolescencia como la Pascua Joven, los retiros evangélicos o las navidades.
Quise creer que Dana tenía una hermana gemela perversa (su novia, claro, no la prostituta que conocí primero). Me dije que había sido culpa mía no haber hablado a tiempo, no contarle todo a Gerardo. Me acordé de la filmación en la que solo se veía dormir a la "maldita oveja blanca" durante tres horas, inalterable y tiesa. Ni roncaba, la desgraciada, y estaba muy tapada, bajo el cobertor estaba desnuda pero lo filmado era simplemente su imagen casi inerte durmiendo en dulce paz, no serviría para acusarla de nada.
Puedo afirmar que era la primera vez que salía con una sensación tan desagradable como la peor de las resacas de una fiesta. Todos me llamaban hermano y eran insoportablemente amables y considerados. Nunca pensé que fuera tan terrible sentirse acosado por la gentileza en masa de ciertas personas. Ni siquiera podía refugiarme en el alcohol para neutralizar a los fulanos. Me retiré temprano alegando intolerancia a la lactosa, no tenía nada que ver pero salvó el pretexto.
El hit de Gerardo fue popularizado y cantado en todos los contextos: fiestas, festivales, peñas, sonaba en las radios no solo cristianas, etc. Poca gente entendía que en los versos se disfrazaban versículos bíblicos y otros tipos de mensajes llamando a más gente a compartir el vínculo divino de los devotos de Cristo, de todas maneras, era lo que menos importaba, cada quién entendía como quería la letra. Se hicieron versiones del tema en ritmos bailables y todo. Al final, se vendía mucho el álbum de Gerard y esa era la idea, supongo.
En poco tiempo olvidaba todo lo relacionado con Gerardo, seguía con mi vida simple, con las mismas reuniones, fiestas fastuosas y superficiales donde entre las putas caras era normal ver a Dana. Es más, usaba el mismo nombre. ¿Cómo es que no tenía miedo de que la delatara? ¿Pensaba ella que era como Clarck Ken, que con disfraz diferente pasaba desapercibida, o qué? Su descaro no tenía límites. Esa noche, la quería en mi cama. Lo conseguí. Sosa como siempre, Dana ejecutaba cada movimiento como un robot. Cualquier muñeca inflable hubiese sido más entretenida y gratificante. Pensé que solo lo hacía conmigo, porque yo era amigo de Gerardo. Mi testarudez no me permitió jamás hacer pregunta alguna sobre el caso pero había decidido ver más frecuentemente a Dana, necesitaba estar con ella. Creo que ella sospechaba que yo no le contaría nada a Gerardo porque a estas alturas eso significaría una traición de mi parte y quedar así para mí era perder para siempre su amistad. Sin embargo a ella, imagino que no le importaba perder a Gerardo, hizo dinero a su costa, se divirtió con él, era probable que al rato se consiguiera otra mascota similar, si yo decidiera contar la verdad quien quedaría destrozado sería Gerardo, a Dana no afectaría en absoluto sacar a la luz sus trapos sucios.
Me extrañaba que trabajara de prostituta a pesar de ser una magnate de la religión. Qué trataba de ocultar, me preguntaba yo. Será que en realidad disfrutaba de esta actividad, es cierto, bien remunerada en su caso. Después, sospeché que lo hacía por alguna razón poderosa que amenazaba su vida y la obligada a prostituirse... de cuerpo y alma, me dije.
Recordé a aquel Jimmy Swaggart de antaño, "uno de los pioneros del "televangelismo" que alcanzó su máxima popularidad en los años 1980, llenando estadios en cada país donde se realizaban servicios evangelísticos." cuya misión había sido tal vez, llegar a lo más recóndito de sus feligreses mujeres, al parecer, sin discriminar sus profesiones. Sí, esta gente opera desde varios ángulos de poder, llegan a todas partes, me dije, pensando que Dana tal vez fuera víctima de alguna venganza divina, de algún rencor apocalítico.
Decidí contactar a los antiguos miembros de la banda de Gerardo. Ellos estaban enojados con él, les pichaba la fama de éste. Más les había molestado que el tema que habian compuesto entre todos no mencionara en ningún momento sus nombres. Del éxito, ellos no sacaron beneficio alguno y a la hora de ir a estudio fueron suplantados por unos hermanos evangélicos, pues los seculares como ellos no eran lo suficientemente profesionales ni dignos de grabar un álbum. Ahora se resignaban a hacer cover de su propio tema y lo más irónico, todos decían lo mucho que se parecían sus composiciones a las de Gerard Cordero, nombre artístico de Gerardo."Cómo pueden copiarle tanto al tipo ese de "Maldita oveja blanca", comentaba la gente. De todas maneras, haciendo ese cover ganaban más dinero que tocando sus temas de siempre. Gerardo o su manager, por su parte, enterados del hecho introdujeron una demanda de reclamo al derecho de propiedad de autoría y prohibieron que sin permiso y sin pagar lo que correspondiera, se usara el tema "Malidta oveja blanca". Castigo divino, supongo.
Entendía su indignación ante tal injusticia. Decidí ayudar al grupo finaciándoles un demo de cuatro temas. La condición era que debían hacer algo distinto y mejor que lo del hit de Gerardo, les dije que no podían vivir bajo esa obnubilante figura toda su vida. Por otra parte, les había pedido que me dieran datos de algunos conocidos que se dedicaran al satanismo, al black metal, etc.
Llegué de esta manera hasta Satanson, una especie de sacerdote de la oscuridad dueño de un antro nocturno llamado Miss&thropical. Le dije que ime ayudara a develar mensajes ocultos tras las letras del álbum de Gerard. Pensé que apartaría con asco y escepticismo el material pero lo agarró sin preámbulos y me dijo que analizaría el caso luego de terminar la entrega de una investigación de temas musicales infantiles, como todo un profesional. Leyó las letras y sacó de un pequeño baúl una especie de diccionario semiótico de términos bíblicos. Me despedí de él confiado en que lograría decifrar alguna cosa de esas musiquitas edulcoradas. También me dijo que usaría la vieja técnica de oír el material en reverso, por si acaso, y algunos recursos compositivos como el contrapunto especular, captable al oído solo en frecuencias de éxtasis muy común de experimentar en círculos masivos de sectas y cultos religiosos.
Al poco tiempo, recibiría un mail de Satanson avisando que tenía noticias sobre el material de Gerard Cordero.
Cuento que durante ese lapso de tiempo que tardó la investigación, decidí invertir creatividad y dinero en promocionar el demo de Transmigrados, el antiguo grupo de Gerardo. me convertía de esta manera en una especie de traidor pero no sé por qué me sentaba bien comportarme de este modo. Es como si Gerardo y su repentina fe me hubiesen inspirado a tomar postura sobre las cosas, como si toda esa apatía que estuvo oxidando mi interior por años cobrara nuevos bríos y decidiera arrancar de cero la trayectoria. ¿El móvil de mis acciones tal vez habría sido la envidia? ¿El orgullo herido? ¿El rencor? No lo sabía pero estaba cambiando cosas en mi vida.
Regresé al antro de Satanson y escuchamos lo revelado en el CD de Gerardo. Me dijo que no tuvo necesidad de oír al revés el contenido, pues se sabía que esa técnica de frecuencia subliminal estaba pasada de moda y pues la gente siempre acostumbró escuchar en la dirección correcta y no en reverso las músicas y discos, así que nunca había resultado exitosa para proyectar ideas. Lo de develar contenido haciendo girar al revés discos o reproducciones fonográficas eran más producto manipulado de gente con exceso de imaginación, hoy en dìa ya solo un mito gestado adrede para simbolizar el mal a través del reverso de las cosas, en realidad nunca se habían puesto mensajes subliminales de esa manera ya que nadie acostumbraba reproducir en reverso los materiales fonográficos. Satanson había utilizado el diccionario de redes léxicas de las "semiosis agrietadas" de logias secretas. Fue simple vislumbrar tras cada palabra significantes elementales de fases primas de todo ser humano que tramaban mensajes encriptados a través de un sin fin de balbuceos cuyo propósito era el de arrear fieles, hacerlos adictos, dependientes y necesitados de la religión y lo más importante: contribuyentes incondicionales para el crecimiento económico de tales creencias. Fue fácil deducir por qué empresarios de distintas campos estuvieran metidos entre los líderes religiosos más influyentes y poderosos. La élite de los mismos había hallado la manera de asegurar éxito y multiplicación a nivel macroeconómico de todos sus bienes controlando a través de la religión a una masa de consumidores absolutamnete voluble, marionetas de la fe y del consumo ciego y obediente. ¿Qué podría lograr una imagen tan patética como la del Señor de las Tinieblas o bicho apocalítico de mal agüero cualquiera ante tan avasallante y enceguecedor poder de la luz, tan anestesiante divinidad, consolodora calma, adictivo júbilo y gozo eterno?
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Seguí viendo a la puta de Dana. Seguimos siendo amantes aunque siempre extraños, solo sexo y paga. Sentía aunque sea un pobre consuelo pagando por sus servicios de meretriz, imponiéndole mi necesidad carnal, mi animalidad, para bajarle sus ínfulas de salvadora celestial, de buena hermana, aunque fuera de esta manera. Una vez le propuse practicar sadomasoquismo, aceptó sin dudar. Resultó una experiencia intensa, ella parecía conocer las artimañas de tales prácticas, utilizó el látigo con furor hasta hacerme sangrar extremidades y espalda y parecía no darle miedo que yo la torturase de la misma manera. No pude hacerlo con la intensidad que mi fuero interno hubiese deseado concretar, no tuve las agallas de darle una buena zurra a la desgraciada aunque la detestaba con furia, lo único bueno (para ella, supongo) resultante de esa ocasión, fue haber derramado mi orgasmo por vez primera con esta mujer y con ello mi vergüenza escurrida a lo largo de mi flagelado y constreñido cuerpo. Había revelado demasiado de mí ante esta hembra manipuladora y ruin. El orgullo me impidió verla de nuevo. Perdí contacto con ella.
Gerardo iba de gira a países cercanos, siempre muy aclamado en el círculo de la religión, en primer lugar. A nivel popular fue conocido, su tema era claramente un hit, el dinero y la fama lo obtuvo gracias a Jesucristo y a sus fieles consumidores. Era la estrella del canal religioso y los productos vinculados con su imagen se vendían como pan caliente y eran recomendados por maestros para niños y jóvenes. Hasta había salido una autobiografía que circulaba en las escuelas y colegios junto a productos como agendas, lápices y bolígrafos y audiovideo de autoayuda.
Pasaron los meses y el demo de Transmigrados fue un fracaso total, ellos se conformaban con conciertos mediocres en pequeños pubs y a mí ciertamente su música solo me inspiraba estupidez y lástima así que me aparté de ellos que siguieron haciendo cover de sí mismos repitiéndose sin sentido como cromosomas de seres irrelevantes.
De Dana y Gerardo ya nada sabía.
Dejé de asistir a fiestas pero suponía que Dana iba a ellas a cumplir con el deber. Era una de esas chicas requeridas por todos, por cierto nivel de sofisticación que lucía. A la escala que ella se movía era posible ganar buena plata y buenos contactos con su profesión.
Una noche había dejado encendida la tv. En esas horas pasaban uno de esos programas donde pastores con acento portugués daban peroratas interminables sobre lo miserable e insignificante de la vida de todos en este mundo. Tardé un poco en darme cuenta de que el pastor que predicaba era Gerardo. Bien trajeado y con una voz de orador onnipotente y altanera se quejaba de los problemas del mundo echando culpas a Satanás, los vicios, las drogas, los video juegos, la música rock entre otras cosas. Me quedé pensando que hacía poco mi empresa había realizado un jingle publicitario para una compañía de telefonía celular. Comprendí de inmediato que esas líneas debían ser de gente de esta religión , pues todos los números sugeridos para llamar a pedir consuelo y socorro a Dios pertenecían a esta compañía. Son una peste, me dije.
Consulté a mis amigos si Dana seguía siendo enviada para entretener a los ejecutivos y me dijeron que sí. Asistí a una de esas fiestas y la vi. Me acerqué a hablar con la hermana y le pedí una noche privada. Fuimos como siempre a un motel de lujo. Le dije que quería recordar viejos tiempos y jugar un poco duro. Ella accedió sin oponer resistencia y sacó las esposas de su cartera. Le pregunté por Gerardo y ella respondió que él estaba bien, siempre con su música y sirviendo al Señor. Cuando indagué sobre su papel como sierva de Dios se encogió de brazos e hizo una mueca dubitante con la boca y la mirada, siguió el juego de la seducción, excitándome como nunca antes lo había hecho. Esa noche yo había abusado del alcohol y de las sustancias y me dejé llevar, caí en sus redes. No supe qué pasó luego, solo sé qué amanecí esposado a la cama y con muchos moretones.
Pasó el tiempo y el enigma siguió al igual que mi indiferencia ante todo. Dana ya no aparecía en nuestras reuniones. Gerard Cordero ya no predicaba en el canal religioso aunque su único hit siguió resonando por un buen tiempo en todas partes, especialmente en farras populares animadas por Transmigrados.