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lunes, 4 de enero de 2010

Dark concert



Era la primera vez que iba a un concierto de bandas de dark metal. Estaba emocionada, más que nada porque tocaba él. A pesar de que mi mamá no me había dado permiso para ir a ese recital de adoradores del diablo yo había hallado la manera de ir. Nazarena, mi amiga corista del templo, había logrado convencer a mamá de que se trataba de un concierto sano, donde los jóvenes a pesar de sus atuendos raros solo estaban prestos a alabar al señor, que no era ningún aparato del demonio intentando seducir a incautas jovenzuelas como nosotras. A mí en realidad no me interesaba mucho el concierto en sí sino la idea de verlo a él en escena que me estremecía por completo.

Había conocido a Galileo en el shopping al cual íbamos siempre con Nazarena, mi amiga corista. Ella gustaba mucho de ir al cine y luego tomar algún helado o recorrer las tiendas sin plan específico alguno salvo el de desear en vano artículos. Galileo era lo que se decía un tipo de rostro hermoso. Su melena castaña junto a cierto dejo de timidez enmarcaba sus perfectas mandíbulas al ras de una incipiente barba que como quien no quiere la cosa crecía al descuido. Sus gastados y caídos jeans marcaban una silueta esbelta y tonificada que me dejaba sin aliento.

Nazarena era unos diez años mayor que yo pero nuestra afinidad se había dado a través de la música. Ella cantaba el corte de un single de radio en el estudio de mi padre, yo ayudaba en el mismo como secretaria y por ahí se dieron las afinidades. Me gustaba su compañía sobre todo porque siempre estaba rodeada de amigos lindos sin que por eso se comportara como una diva acaparadora y con el tiempo, solo con ella mamá me dejaba salir.

Galileo era uno de esos tipos a quienes las mujeres quedaban viendo boquiabiertas. Era común encontrarlo en los shoppings sentado en alguna explanada con su guitarra, cantando alguna composición nueva, siempre rodeado de seguidoras fanáticas.

Nazarena, como amiga madura guardó mi secreto cuando le confesé que estaba enamorada de Galileo y prometió hacer lo que estuviera al alcance de sus manos para que pasara algo entre nosotros. Para empezar deberías ir al templo a escucharlo cantar, me había dicho. Ese sacrificio no había sido tan duro pero tampoco divertido para mí, las músicas, aunque aburridas, al menos estaban afinadas. Mamá estuvo contenta de que yo utilizara en algo tan bueno mi tiempo libre. A mí no me atraía cantar y menos aún los sermones de los pastores y todo lo relacionado con el culto, creo que a Nazarena tampoco le hacía mucha gracia pero era un pequeño sacrificio a pagar a cambio del ambiente y la gente que íbamos frecuentando: viajes, conciertos, encuentros deportivos, en fin, se conocía a mucha gente interesante.


Este concierto era tan distinto a todo lo que hacíamos en el templo o a los ensayos. Para empezar era en un antro de mala muerte, donde abundaba cerveza en latita y demás vicios, además de lucir todo un poco descuidado y under. No sabía que Galileo tuviera conexiones en esta atmósfera pero era lo de menos, pues solo quería verlo a él. Hacerlo en esta ocasión significaba un paso más para acercarme a él.

Conocía algo del White Metal y había leído cosas sobre el Black pero como me daba un poco de miedo no había investigado a fondo. El concierto que pretendían brindar esta noche Galileo y su grupo, estaba destinado a ser una especie de prédica en terreno enemigo, pues, Galileo y su banda Heraldos de la luz, parecían intentar dar un mensaje cristiano a toda esa masa de impíos blackers. Era una misión, sacrificada pero noble misión.

Con Nazarena estuvimos ubicadas en un sector donde chicas de cara pintada en blanca lucían sus enormes remeras negras con imágenes sacrílegas, junto a grandes crucifijos invertidos o estrellas de cinco puntas como amuletos. Demás está decir que me daban un poco de miedo, ellas eran mucho más grandes que nosotras y parecían estar enojadas con todo el mundo. Cuando empezó a tocar el primer grupo el bramido desesperado del vocalista dio lugar a que la masa de gente emprendiera una atropellada carrera hacia el escenario haciendo pogo y gritando frases de los temas con el vocalista. Nos atropellaron a mansalva siendo arrastradas por la multitud hasta la primera fila. No tuve más opción que empezar a saltar como los demás. Me contagié de inmediato del frenesí del momento y justo cuando pensé que le había agarrado la onda perdí el equilibrio y caí de cara al piso. De no haber sido por Nazarena habría quedado aplastada en medio de todos esos rabiosos personajes, ella, probablemente experta en estos asuntos, me ayudó arrastrándome del brazo hasta un costado, luego me levantó de ambos brazos y salimos (yo, trastabillando) afuera, a tomar un poco de aire. Ahí vimos a Galileo, afinando su guitarra, nos saludó con la mano derecha en alto y fuimos a su encuentro. Yo me sentía sumamente avergonzada, aunque la oscuridad lograba camuflar los pisotones que había recibido imaginaba que mi cara y cabello lucían pésimos, sumándole el hedor de mi sudor y el de los demás que me habían goteado, fingía mirar hacia el escenario y pretendía seguir el ritmo de la música marcándolo con los pies.

Nazarena hablaba con Galileo, imposible que pudiera oírlos yo. Sentí ciertos celos por el tipo por más que ella mucho mayor que Galileo. Luego nos retiramos un poco de Galileo y ella me indicó que debíamos prepararnos para la masacre o algo así. No alcancé a comprender qué quiso decir, tampoco sabía si había oído bien y ya no importaba. A esas horas estaba cansada, muerta de sed, y con el cuerpo muy adolorido, lo peor de todo es que pasaban las horas y con ellas los fastidiosos grupos que para mí sonaban iguales uno tras otro, nosotras seguíamos sentadas en un incómodo cantero que se erigía en ruinas y olía a orín a un costado del patio del antro. Al menos había aplacado aparentemente mi sed con unos tragos de cerveza caliente que un tipo sentado al lado nuestro amablemente nos ofreció.

El tipo parecía ser músico, tal vez. Tras la maraña de pelo que caía sobre su rostro solo alcanzaba a resaltar una huesuda nariz y de su pantalón colgaba una cadena que imaginaba yo pesaba mucho. El tipo fumaba un cigarrillo tras otro y al pasarme la cerveza noté sus uñas largas pintadas de negro y ambas manos tatuadas con imágenes que parecían ser demoniacas. Nazarena no decía nada, tampoco yo podía escucharla o entenderla para esas horas, no estaba acostumbrada a beber y la cerveza estaba nublando mis sentidos.

Nazarena me levantó del brazo y me llevó para adentro, el grupo de Galileo empezaría a tocar, eso pude comprenderlo al divisar sus bucles castaños inclinados sobre su guitarra, eclipsando el escenario. Ellos contaban con dos vocalistas, una mujer de voz normal que emulaba a alguna lírica y un muchachito que bramaba como cordero castrado algo que sonaba a aleluya. Yo empecé a saltar emocionada cuando se vino una parte de solo de Galileo, estaba delante de todos y no me había percatado del desastre que se estaba gestando a mis espaldas. Empezaron a abuchear a la banda y a tirarles vasos de plástico y latitas de cerveza. Luego fueron crucifijos, velas y cadenas. Algunas dieron en nuestras cabezas. Nos apresuramos a salir del frente con Nazarena y en el transcurso de la huida la perdí. Quedé atrapada en la masa de furiosos que en poco tiempo lograba desbaratar el escenario y barrer al grupo de cristianitos que osaron subirse a cantar.

Yo estaba muy borracha, no alcanzaba a dar pasos firmes y en medio de la oscuridad, el sudor y el enojo solo vi cómo Galileo, Nazarena y la vocalista cristiana junto a otros del círculo religioso corrían desesperados, perseguidos por unos cuantos blackers furiosos que amenazaban con castigarlos duramente. Quedé sola en medio de esa masa de gente loca. No sabía qué hacer, temblaba de miedo pero debía calcular mis opciones antes de dar algún paso. Decidí desplazarme hasta la salida atajándome cuidadosamente de la pared, así logré llegar al cantero de afuera y sin saber por qué me invadió una tonta alegría al ver al tipo que me había invitado la cerveza, sentado en el mismo lugar fumando tal vez su vigésimo cigarrillo. Lo saludé y me preguntó qué había sucedido adentro. Al darle a entender que apenas lo sabía me indicó que fuéramos hacia la calle. Nos sentamos en la vereda y él tenía dos latitas de cerveza bien heladas, me pasó una y mientras bebíamos siguió fumando en silencio. Dijo que vio a mi amiga fugarse con premura del lugar. Con un poco de miedo de delatarme como amiga de los cristianos dije que apenas la conocía. Me dijo que debía irse y lo vi dirigirse hacia el escenario del cual poco después emergió con una guitarra colgada al cuello, por lo visto su grupo empezaría a tocar en pocos minutos.

Yo, aún sin recuperarme de la impresión tras los hechos, decidí regresar al interior del antro a pesar de las amenazadoras miradas de reproche de algunas personas que me habían visto hablando con la banda white, para ver qué de qué diablos se trataba lo que el enmarañado y amable melenudo gracias a quien estaba tan borracha pretendía ofrecer en escena. Antes de eso llamé a Nazarena al celular y éste daba apagado. Qué más daba, no importó nada y me dije que tal vez en medio del tumulto lo había perdido o qué sé yo. Me preocupaba que mamá la llamara o algo así, pero luego dejé de pensar en eso y me concentré en lo que se gestaba en el escenario.
La banda del flaco de melena enmarañada probaba un poco el sonido. Él parecía ser el guitarrista principal, seguía fumando hasta que apagó su cigarrillo cuando debió insertarse tras los epilépticos compases de apertura del batero. El vocalista de esta banda tras arrancar el tema con agudos alaridos empezó a derramar una imitación de sangre (o tal vez sangre real) de una enorme botella en forma de falo que rezaba unas letras tipo góticas de las que largo rato después pude descifrar la frase santo grial. El tipo hacía gárgara con ella y las escupía a todos, luego agarraba una biblia y la deshojaba tirando sus partes al público que enardecido aclamaba ser alcanzado por algún escupitajo y terminaba haciendo ademanes de limpiarse el trasero con las sagradas escrituras. Yo estaba realmente asustada. Había visto cosas fuera de lo común en los cultos, gente poseída, que temblaba, escupía espuma, había observado hasta exorcismos y había visto películas sobre ellos pero era para mí toda una primicia estar en un concierto de estas características. Pensé, dónde diablos vine a meterme. A mi alrededor había gente dibujando la estrella de cinco puntas junto con velas, preparando rituales. Esto es aterrador, me decía mientras intentaba abrirme paso disimuladamente entre el público que para este momento solo prestaba atención a lo que la banda montaba. Seguí caminando con dificultad, por último tropecé con un pollo muerto, negro y degollado pero al fin lograba alcanzar la puerta de salida.

Logré llegar corriendo a la vereda caminando apresurada, sin rumbo. La noche, con su calor implacable y su densidad pesaban como el hedor de la carroña que a lo lejos arrastra el aire en época de verano. Caminé más tranquila luego de cinco cuadras y a lo lejos divisé un grupo de jóvenes sentados unos, acostados otros, en la vereda. Había una pareja bastante efusiva en caricias haciendo de las suyas entre ellos, el resto parecía estar dándose a la bebida y a otros vicios. Tuve cuidado de ir tras algunos pilares y escondida tras una columna espié para ver si no correría peligro al pasar delante de ellos. Parecían inofensivos, miré mejor a la pareja y me pareció que la chica era Nazarena. Reconocí su largo pelo suelto y me atreví a aproximarme a pesar de no conocer a las demás personas que estaban con ella. Di los pasos precisos para saludar y me precipité a llamarla por su nombre. Una vez que giró en respuesta a mi voz me percaté que el chico que estaba debajo de ella disfrutando minutos antes de sus caricias era Galileo. No supe cómo reaccionar, me quedé petrificada sin pronunciar palabra alguna y decidí desandar mis pasos a las corridas, lo hice tan rápido que en poco tiempo llegué nuevamente hasta la vereda del antro. Ahí, en la vereda, lo vi apostado y solo con el eterno cigarrillo en la boca al flaco blacker. Él alzó la mano en señal de saludo mientras extendía una latita de cerveza. No sé bien por qué me detuve y le acepté el trago. Me preguntó si huía de alguien y dije que no. Me senté al lado suyo mientras tomaba un descanso y recuperaba la calma. Él me pasó otra lata muy helada de cerveza y me dijo que lucía como si hubiera visto un demonio y al final de la frase soltó una seca y corta carcajada. Le dije que en realidad había visto algo que me molestó mucho y le conté el caso. Me dijo que es frecuente que ocurran cosas así agregando con sorna que son los designios de Belcebú. Me dijo que conocía bien a Nazarena y que sabía de sus andanzas. No supe a qué se refería y tampoco dijo más que eso cuando le pregunté más sobre ella. Minutos después me dijo él ya debía marcharse. Decidí acompañarlo hasta unas cuadras para tomar un taxi. Él no tuvo reparos en aceptar mi compañía y subimos a una destartalada moto para emprender el viaje. Pasamos por el lugar donde había visto a Nazarena y a Galileo, ellos seguían ocupados con su escena de tórtolos pero me pareció ver que había otro tipo toqueteándola al mismo tiempo por detrás. El melenudo enmarañado preguntó si lo había visto en el escenario. Le respondí que solo había oído un tema ya que me urgía salir del sitio. Rió complacido y me dijo que el concierto fue una porquería en todos los aspectos, en la organización, en el sonido y más aún en la osadía de la banda white que se había atrevido pisar el sitio y contaminar con su falsedad el escenario. Le pregunté qué hubiera pasado si los agarraban, me dijo que nada, solo le hubiesen propinado unos buenos golpes.

Le comenté que Nazarena me había advertido de una masacre que ocurriría, él me dijo, sí, por suerte logramos desarticular a tiempo sus planes, pretendían averiar el equipo de sonido cuando fuera turno nuestro y pensaban traer policías acusándonos de armar disturbios ocasionando un incendio, que habían traído incluso algunos pollos negros muertos, y bastante sangre para incriminar a los blackers en rituales satánicos. Ellos habían descubierto todo antes de que subieran a tocar solo que fue más divertido darles un susto en pleno show. Desde un principio habían desconfiado de sus intenciones redentoras. Desconfía siempre de quien dice mucho hermano o aleluya, me dijo y rió toscamente. Después me explicó que en realidad ellos conocían bien a los religiosos de esa especie quienes con su aire de superioridad creen que la gente debe agradecerles y rendirse a sus pies que ellos inviertan tiempo en hacernos el gran favor de salvarnos. La noche terminaba incierta, enigmática. Subí a un taxi y seguí pensando en todo lo que me dijo el flaco. Nos habíamos despedido luego de intercambiar números de celular.

Al otro día despertaba con una gran resaca, mi madre me traía el teléfono, era Nazarena quien estaba al otro lado de la línea. No quería hablar con ella, atendí la llamada pero al acabar de pronunciar el saludo, la corté. El teléfono siguió repicando y yo atendiéndolo y cortando, con la línea del cel pasaba lo mismo. Le envié un mensaje de texto alegando que estaba sin ganas de hablarle y que se fuera al demonio. Fue la peor idea. Una hora después, se presentaba a mi casa con el pastor y con Galileo. Mi mamá desconfiaba de que yo hubiera cometido alguna flagrancia, los hizo pasar y con una mirada de sospecha y desconfianza los dejó en la sala para que charlemos. El pastor empezó a hablar del perdón, de la tentación del demonio, de que yo era inocente y pura y que muchas cosas no comprendía aún. Nazarena decía que su conducta se había alterado porque en el concierto le habían puesto algo en la bebida y Galileo se limitaba a asentir con la cabeza. Yo fingí comprenderlo todo, me moría de sueño y ya sabía cómo funcionaban estos casos, así que quise acelerar el proceso hasta la parte en que el pastor nos toca la frente y nos echa al piso expulsando a Satán de nuestras mentes y cuerpos. Acabado el show, decidieron marcharse, regocijados en su arrepentimiento y mi perdón. Mamá, que había estado espiando, muy asustada me preguntó si era cierto que el demonio estuvo en mi cuerpo. Le dije que sí, que cualquiera de estas noches iría a visitarla también. Ella notó mi sarcasmo y se crispó en silencio, pues sabía que cuando yo hablaba en ese tono no debía meterse en mis asuntos.

Luego de dormir toda la mañana decidí reflexionar sobre todos los hechos. De pronto, encontré en mi cel un mensaje del el flaco blacker que había salvado mi velada. Preguntaba cómo había amanecido y si ya estaba recuperada de la decepción que había tenido. Le dije que sí, y decidí invitarlo a venir a casa a tomar terere. Aceptó mi propuesta y al rato, la cara de susto de mamá fue la señal que necesitaba para que el día continuara radiante y prometedor.






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